EL SENTIDO DEL DOLOR

El sentido del dolor, nos permite elegir y honrar nuestra elección de vivir y morir.
El sentido del dolor…

El dolor nos recuerda que somos diferentes, cada uno con sus propios límites, limitaciones, capacidades y potenciales. Nos recuerda que somos igual de diferentes.

El dolor, nos ayuda a darnos cuenta si estamos usando nuestra brújula interior que nos guía para saber si seguir, parar o recalcular ruta.

El dolor es el sensor auto regulador que nos ayuda a respetar nuestra necesidad de expresarnos y de reconocer nuestras emociones todas sin excepción, porque si no lo hacemos a tiempo el volumen y la intensidad aumentan hasta que aprendamos que el dolor es nuestro aliado y no nuestro enemigo, ya sea por agotamiento o por rendición. Es un aprendizaje por el que tarde o temprano pasamos gracias al dolor.

La  creencia o costumbre de decir “no pasa nada”, “no es para tanto”, “ya se pasará”, “aguanto” o “yo he vivido momentos peores” no soluciona, no reconoce, no respeta y mucho menos nos acerca a la empatía y a la responsabilidad de encontrar la salida, al contrario nos conduce al conflicto, a la depresión, a reprimirnos, anularnos, insensibilizarnos y a negar la verdad de lo que sentimos.

Sentir viene de la raíz “sentire” que significa “ir adelante” o “tomar una dirección”, por eso la importancia y la prioridad de permitirnos sentir, alineándonos consecuentemente con lo que hacemos, pensamos y decimos, porque lo natural y humano es avanzar, estar en constante cambio y cualquier bloqueo en “el sentir” nos paraliza, enferma, enloquece, desconecta o traumatiza. Y no está mal, pero si generamos acumulación de aprendizajes pendientes de integrar, aplicar y transcender.

La creencia que nos lleva a actuar como si estuviéramos bien cuando no lo estamos, como si estuviéramos tranquilos cuando estamos cargados, o conformes cuando estamos heridos, nos lleva a acumular emociones hasta que no podamos más. La acumulación tiene que estallar en algún momento y de alguna manera, y en estos casos estalla por encima de nuestra voluntad provocándonos más dolor. Esto nos convierte en reactivos y al relacionarnos lo hacemos desde el ataque y la defensa, muy a pesar de tener capacidades infinitas de escucha, empatía y creatividad para encontrar nuevos acuerdos que nos permitan volver a sentirnos dignos y válidos.

Cuando no hemos aprendido que el dolor es una alarma que se dispara con el fin de ser atendida para volver a la calma y al equilibrio, nos vamos a los extremos.

Uno de estos extremos, es cuando estamos desconectados de nuestro dolor y del dolor de los demás, y nos convertimos en personas frías, distantes, rígidas, amargadas, indiferentes, apagadas o solitarias.

En el otro extremo, vivimos enfocados en el dolor propio o ajeno y nos convertimos en personas en constante lucha, sufridoras, agotadas, exageradas, dramáticas, depresivas o castigadoras.

En algunos casos podemos perder la confianza ante las señales del dolor, porque seguimos conectando con recuerdos traumáticos de manipulación o engaño en los que nos vimos controlados por el dolor fingido. Y es nuestra responsabilidad volver a confiar en nuestra capacidad de discernir entre el dolor auténtico y el dolor actuado.

No soy amante del dolor, pero si me apasiona entender y compartir el aprendizaje que experimentamos cuando vamos a su origen para apagar las alarmas, porque nos permite volver al centro de todo, a la calma, a la compasión por todo el camino recorrido. 

Ya sea por enfermedad, accidente, separación, guerra, locura o muerte podemos experimentar estas situaciones difíciles con “dolor acumulado” o con “dolor reconocido”, en los dos casos hablamos de situaciones difíciles y dolorosas, pero desde dos actitudes diferentes.

Desde el dolor acumulado experimentamos inconsciencia y desconexión con la vida, porque tenemos la sensación de haber sido abandonados y de haber llegado a un “final”. Desde el dolor atendido en su máxima expresión vivimos transformación y renacimiento, porque hemos activado los recursos que nos permiten sentir el dolor con entendimiento, aprendizaje, incluso con transcendencia del concepto de muerte porque experimentada con coherencia y con sentido, nos da la sensación de estar viviendo un “nuevo comienzo” en unión, en paz y armonía.

“Sentir de manera ecuánime o equilibrada” nos permite escuchar y acompañar sin juicios, sin miedo a la muerte ni a la vida, dignificar la transcendía de los procesos, recordar que no estamos solos ni separados, que nadie nos hace daño si reconocemos la causa y la consecuencia.  Sentir con la mente y pensar con el corazón nos permite elegir y honrar nuestra capacidad de sentir el dolor, y de nuestra elección de vivir y morir.

SOY RESPONSABLE DE SER QUIEN SOY Y ESTOY APRENDIENDO A ASUMIR LAS CONSECUENCIAS

Soy responsable de ser quien soy, de todo lo que atraigo, de todo lo que comparto en mi día a día, y estoy aprendiendo a asumir las consecuencias.

Tú, yo y todos en nuestro entorno hacemos y decimos lo que consideramos que es “correcto”, pero si nos enfocáramos en aquello con lo que nos sentimos realmente en paz y en equilibrio, posiblemente no tendríamos tiempo ni ganas de juzgar a nadie, de entrar a decir a los demás lo que tienen que hacer, de estar en guerra con el que no hace lo que consideramos “correcto” ni nos responsabilizaríamos de procesos ajenos porque estaríamos ocupados siendo auténticos y coherentes con nosotros mismos.

Nos hemos creído que ocuparnos y centrarnos en nosotros y en nuestras responsabilidades, es un acto egoísta y perverso, cuando realmente es un acto de libertad, amor y confianza, pues ocuparnos de nuestras necesidades y prioridades emocionales principalmente, nos acerca a hacer y decir aquello que sólo nosotros sabemos, a ser quien realmente somos, a armonizar nuestro tiempo, nuestro espacio y nuestras relaciones, a reconocer nuestras capacidades, a despertar la creatividad de probarlo todo hasta encontrar la manera y el momento en que nos podemos sentir más a gusto en nuestro día a día.

La responsabilidad emocional, no nos aleja ni nos separa de los demás, no nos pone en contra de nada ni de nadie, no nos sobrecarga ni nos desgasta, todo lo contrario, nos une, nos acerca independientemente de la distancia, de las formas, las creencias, las costumbres y las diferencias. Porque ocuparnos de nuestra felicidad y paz interior nos conduce a una vida con sentido propio, nos desarrolla empatía primero con nosotros mismos y seguidamente empatía con los demás, nos enseña a ocupar y respetar nuestro sitio y nuestros límites, y seguidamente a respetar los de los demás, a tener claridad mental, a tomar decisiones a nuestro favor y a favor de todas las partes, a encontrar soluciones antes que pedirlas o exigirlas, a permitirnos crear en nuestra mente el futuro que nos hace ser felices en el presente y nos hace estar en paz con nuestro pasado.

No me creas, compruébalo por ti mismo. Ponlo en práctica y experimenta el cambio con coherencia, el movimiento hacia dentro de ti mismo, la armonía entre lo que haces, dices y sientes. Ama con la libertad de ser quien eres, igual de único y diferente como todo ser humano, sin esperar nada a cambio ni a la espera de resultados. Y no porque te conformes o no te motive mejorar cada día, sino porque vives, das y recibes desde la plenitud de hacer lo máximo que puedes en cada momento, de sentirte pleno haciendo lo que haces y de expresar lo que te refleja o te identifica, porque lo tienes dentro y también lo puedes ver en el interior de todo lo que te rodea.

Ser responsable de lo que siento, de lo que atraigo y de lo que comparto en mi día a día, es un regalo que se llama “presente”.

 

LIBERTAD: VOLVER A CONFIAR

LIBERTAD: VOLVER A CONFIAR

Cuando nos conectamos con nosotros mismos, podemos volver a conectar de corazón a corazón con los demás, podemos experimentar certeza, libertad y confianza. Aunque parezca idílico, es tan sólo parte de nuestra naturaleza como seres humanos. Todos podemos desarrollar la capacidad de alinear nuestro sentir, con nuestro pensar y con nuestro hacer: “coherencia, volver a unir mente, corazón y cuerpo”, esta unión es la gran puerta que está abierta para recordar nuestro sentido de estar vivos y el sentido de nuestras experiencias por muy difíciles que sean.

Lo que interpretemos y entendamos de nuestras experiencias y relaciones, nos dice cómo nos estamos relacionando con nosotros mismos, porque lo que pasa en nuestro entorno, nos está reflejando la libertad o la esclavitud que vivimos dentro. Todas aquellas creencias y patrones que aprendimos y fueron útiles en su momento, dejan de serlo y es nuestra responsabilidad transformarlas y actualizarlas, porque de lo contrario nos paralizarán o harán corto circuito, llamado comúnmente con el nombre de trauma, enfermedad, problema, estrés, debilidad o cansancio.

La desconexión con nuestro universo o magia interior, es el mayor bloqueo de la humanidad, no reconocerlo y no hacer nada al respecto hace parte de estar desconectados de nosotros mismos. Sólo si nos damos cuenta de la ausencia de confianza en nuestra vida ya es un paso para hacer algo al respecto. Volver a conectar es recuperar la responsabilidad de nuestro crecimiento emocional, mental y espiritual para dejar de responsabilizar a otros y para salir de la repetición de patrones o historias que nos dan la sensación de vivir en guerra, huída, en peligro o agotados.

Confío en mí cuando me siento LIBRE de hacer y decir lo que siento, con plena satisfacción personal, con la certeza de ganar yo y todas las partes, sin necesidad de aprobación, de atacar ni de defenderme de nadie.

Confío en los demás, cuando OBSERVO con ECUANIMIDAD lo que hacen, dicen y sienten los demás, aunque no lo comparta, no lo justifique y no lo apruebe, no hay juicio, porque me permito reconocer que detrás de toda persona y toda acción hay una historia que está siendo parte de un equilibrio universal y divino que yo no controlo, pero del cual hago parte importante como todo cuanto existe.

Confío en la vida, cuando APRENDO en todo momento, tanto de lo que me gusta como de lo que no me gusta, porque me permito comprender y ver lo que no se ve, porque hacerlo me lleva a mi centro y al equilibrio dentro de un contexto o circunstancia.

La única manera de volver a conectar y conectarnos es desde la frecuencia más elevada: EL AMOR, pero no el “amor romántico”, el “amor positivo” ni el “amor dramático melancólico”. EL AMOR de frecuencia más elevada es el “amor ecuánime, neutral o consciente” el que no juzga, el que nos ayuda hacer polo a tierra, el que transciende, el que integra, incluye, el que está en continuo crecimiento, el que nos permite reconocer nuestro potencial sin sentirnos mejores ni peores que nadie.

Todos tenemos los recursos en nuestro interior para volver a conectar con nuestra coherencia, para volver a confiar en nosotros mismos y en la Vida. Todos podemos hacer ese trabajo de introspección con nosotros mismos, en ocasiones necesitamos ayuda, pero lo más importante es “hacerlo” y “mantenernos hasta conseguirlo” por nuestra propia iniciativa e interés.

La vida vuelve a tener sentido cuando estamos conectados con nosotros mismos.

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