EL ENGAÑO Y LA SEMILLA DE LA COMPASIÓN

 
 
"Engaño", a tu lado he desarrollado la fortaleza y la confianza en mí, mi capacidad de discernir para elegir y asumir.

«El Engaño y la semilla de la Compasión»

 
 

El Engaño y la semilla de la Compasión… Era de noche, caminaba, no tenía miedo… recordaba de dónde venía y quien había sido, pero no conseguía recordar hacia donde quería ir, ni qué sentido tenía ser quien era.

Cuando me encontraste, me invitaste a caminar contigo y desde entonces has sido un maestro para mí «Engaño».


Tus palabras dulces, acogedoras y cálidas, se transformaban al instante en una presencia amarga, dolorosa y fría.

«Engaño», desde el primer momento a tu lado me enseñaste la ambivalencia. Me enseñaste a abrir mi mente sin la posibilidad de entender, a abrir mis ojos sin la posibilidad de ver, a abrir mi boca sin la posibilidad de hablar, a oler sin poder respirar, a sentir sin poder disfrutar, a desear sin poder elegir y a esforzarme sin poderme mover. El todo y la nada, la vida y la muerte en una constante confusión.


Te conocí con diferentes caras, nombres y personalidades, que al principio conseguían que dudara de mí misma, después empecé a dudar de quien eras tú y finalmente de todo.


A tu lado aprendí a desarrollar el miedo, a someterme al abuso, a la violencia y a la mentira, porque de lo contrario la consecuencia era mayor “el castigo”. El castigo directo o invisibles me enseñaron a huir, a defenderme y en casos extremos a paralizarme completamente para dejar de sentir «Engaño».

Hoy celebro el camino recorrido a tu lado, porque “Te Veo” y “Me veo”. Me has enseñado y he aprendido a conocerte y a conocerme, te reconozco y me reconozco. Hoy sé quién eres y he recordado hacia donde quiero ir, en quien me he convertido y quien quiero ser. A tu lado he fortalecido la confianza en mí, mi capacidad de discernir para elegir y asumir, mi capacidad de ver con apertura y neutralidad para volver a unir mi pasado, mi presente y mi futuro.


Agradecida me libero del miedo y abrazo el entendimiento con propósito de haber caminado juntos. Hoy tu sigues tu camino y yo el mío porque el aprendizaje de lo vivido juntos lo llevamos dentro, integrado y transformado en energía viva, infinita y equilibrada llamada amor.


No juzgo a quien no pueda creer que detrás de la máscara del «Egaño» encontré las semillas del amor y la compasión. Yo tampoco lo hubiera podido creer si no lo hubiera vivido y si hoy, no estuviera disfrutando del fruto de esas semillas que durante el proceso crecieron en mí.

YO SOY LA OVEJA NEGRA

Soy la oveja negra
La oveja negra

Hoy me siento feliz de ser la oveja negra. Ha sido un proceso de dudas, de no ser quien realmente soy durante una gran parte de mi vida, de dejar pasar muchas cosas como si no me importaran o estuviera a favor de ellas cuando realmente me hacían y me hacen daño, me chillaban y me chillan los oídos y me sentía y me siento mal escuchándolas.

Podría clasificar varias etapas que más adelante explicaré. En mi caso diría que han sido:

  •  La duda
  • La negación de lo que siento
  • La confrontación
  • La impotencia
  • La incomprensión
  • El aprendizaje

Cada uno de nosotros, por lo general, nace en una familia que “idealiza” y donde las costumbres se vuelven hábitos. Estos hábitos se normalizan con el tiempo y crean unos patrones de conducta donde las cosas están MAL o están BIEN, las cosas son MALAS o son BUENAS… Si te sales de estos patrones, los cambias o los cuestionas, empieza un nuevo proceso en tu vida, se abren puertas y suenan alarmas que nunca habías imaginado pero que de una u otra manera han estado siempre ahí para ti, a la espera de que dieras el paso.

Antes de continuar, quiero dejar muy claro que esto no es una crítica a nadie, es un aprendizaje personal que comparto porque a mí me está sirviendo y me está liberando. Si alguien se puede identificar, puede hacer cambios, obtener nuevas ideas o cambiar perspectivas con esto, ¡genial! Y si por el contrario no te identificas, lo ves de una manera muy diferente o no te resuena, ¡también es genial! Porque ahí está la grandeza del ser humano, ¡en las diferencias! Las diferencias desde el respeto y la tolerancia.

Ahora sí, empiezo:

En mi caso, hasta los 30 años aproximadamente mi dinámica ha sido la de decir a casi todo que sí, la de no buscar la confrontación, la de hacer lo que DEBÍA HACER según los patrones aprendidos (tener un trabajo estable, ganar dinero, trabajar duro, tener una familia, poner buena cara), la de criticar o juzgar a los que hacían lo que a mi no me parecía bien, y un largo etc.

Desde los 30 años aproximadamente la vida me ha ido poniendo escenarios que me han hecho ir cambiando todo lo anterior y que además han sido muy visibles:

Una larga enfermedad de mi mujer donde el dinero deja de tener sentido y pierde importancia. Donde el dinero no puede cambiar este hecho.

Vivir en otro país, donde la cultura es muy diferente en varios aspectos, donde los valores son otros y donde los sentidos despiertan.

Un vacío inminente en el trabajo, donde me di cuenta de que mi vida se basaba en ser esclavo del trabajo a cambio de una remuneración que principalmente me daba “seguridad”, una seguridad mensual en la que invertía en muchas ocasiones la mitad del día, es decir, 12 horas.

Volver a estudiar. En esta ocasión por el mero hecho de aprender y entender muchas cosas que en ese momento no tenían sentido y no podían ser explicadas. Estudiar por placer y no por lucro.

 

Todo este movimiento ha cambiado mi vida. A día de hoy puedo decir abiertamente que no soy parte de lo común, pero si soy más yo. Y aquí empieza la oveja negra, en el momento que lo declaras y no te sientes entendido principalmente por tu propia familia, sino criticado y juzgado. Pero como todo, lleva un tiempo. Lleva el tiempo necesario para que tu mismo te des cuenta de que tienes que respetar tu proceso y así mismo, el de los demás.

 

Volviendo a las etapas que mencionaba al inicio, ahora sí, las detallo:

 

La duda surge cuando las cosas no son las previstas, cuando te das cuenta de que no tienes el control. Cuando empiezas a ver, sentir y creer cosas que antes no te planteabas. En este caso si vamos a un ejemplo real, diría que una de mis grandes dudas surgió cuando mi mujer se recuperó inesperadamente después de unos 6 años de enfermedad y de muchos tratamientos médicos sin ningún resultado. Una consulta de Kinesiología, donde se atendieron diversas emociones del pasado de mi mujer, nos cambió la vida por completo.

La negación de lo que siento. Empieza siendo una batalla interna. Muchas cosas cambiaron en mí, pero me negaba a aceptarlas porque me podían llevar a hacer cambios que me sacarían de mi zona de confort. Siguiendo con los ejemplos reales, aquí podría decir que sentía que tenía que dejar el trabajo y dedicarme a otra cosa. Aquí la negación fue impresionante ya que desperté miedos tales como ¿y de que voy a vivir? ¿y que voy a hacer? ¿y si las cosas no salen bien? ¿y si me estoy equivocando?

La confrontación. Una vez empecé a cambiar patrones, llegó la confrontación. Principalmente la confrontación familiar, donde tratas de explicar las cosas que estás haciendo, pero con una actitud de defensa, con la sensación de que no te escuchan y de que por más que digas las cosas, entran y salen sin resultado. En mi caso podría decir que han sido alrededor de 3 años repitiendo que no como carne ni pescado cientos de veces, pero a modo de burla y/o a modo de olvido me ofrecían cualquier clase de animal y además me decían que algo debería de comer porque me iba a quedar en los huesos, me iban a faltar nutrientes, etc. Aprovecho para aclarar que nada de esto ha sucedido a día de hoy, los exámenes de sangre son mejores de lo que lo eran hace 3 años. Yo lo veía como una falta de respeto (que en gran parte lo es) pero ha día de hoy puedo decir que es más una falta de empatía, una falta de querer entender…

La impotencia y La incomprensión en mi caso fueron de la mano. Impotencia por no saber cómo expresar las cosas, como decirlas para que calen y no tener que estar siempre pendiente. Impotencia hasta el punto de bloquearte y simplemente no decir nada… Todo esto me conllevó a tener la sensación continua de ser un incomprendido, de pensar que esto siempre va a ser así, de que es mejor no hablar.

El aprendizaje. Esta es la parte más bonita. El momento en el que ves, el momento en el que se abren las puertas y te das cuenta de que todo tiene y tenía un sentido pero que no lo podías ver. El momento en el que atas cabos y quedas boquiabierto al ver como ha sucedido todo.  Esto ha sido un gimnasio, es y sigue siendo una formación continua donde las personas que La Vida, Dios, El Universo o aquello en lo que creas te ha puesto para que avances.

En mi caso puedo decir que el aprendizaje hasta el momento ha sido el de confiar más en mí, el de empezar a creer más en mi e ir soltando patrones que me ataban y me hacían no poder disfrutar el momento. El de no hacer las cosas por obligación, sino porque quiero hacerlas.

 

Y esto continua y es diferente para cada uno de nosotros. Si hay algo común para todas las personas es que nosotros mismos tenemos las respuestas, aunque no las veamos.

 

Así que déjate sorprender haciendo los cambios que estén a tu alcance, se feliz con lo que haces y hazte preguntas que te ayuden a continuar, a ver más allá… ¡¡Ámate!!

LA ÉTICA EN LA TERAPIA. Desde mi punto de vista y con relación a la terapia que practico.

Si hablo de “Ética” y “Neutralidad” hablo de dos temas muy diferentes. Teniendo en cuenta una de las definiciones encontradas en el diccionario: “Ética es una rama de la filosofía que estudia la moral y la manera de juzgar la conducta humana” y «Neutralidad es una posición, estado, perspectiva o actitud que no se inclina por alguna oposición y que no participa en un conflicto o contienda”, por lo cual la ética indica o juzga lo que está bien o mal y la neutralidad no aplica el juicio, armoniza.

Entonces, hablaré de la “Neutralidad” que caracteriza mi visión y lo que practico, cuando reconozco mi verdad y la verdad de otros sin juicio.

Para darle forma a la neutralidad, imaginemos un “imán” con sus dos caras: positiva y negativa en equilibrio, en armonía.

En el ser humano este imán con cara negativa y positiva la podemos representar con nuestras emociones. Todo aquello que nos duela, nos genere miedo o resistencia, sin sentido ni fin, se convierte en experiencias olvidadas o traumáticas, pendientes de atender e integrar. Estas emociones acumuladas serían la parte de la cara negativa del imán. Y todo aquello que hemos aprendido, incluido, integrado y reconocido, que nos genera confianza, paz y claridad, sería parte de la cara positiva del imán. Tanto la cara negativa como la positiva, hacen parte del proceso de llegar a la neutralidad, por eso es tan importante una como la otra, sólo el equilibrio entre las dos caras nos alinea en alguna medida.

¿Cómo reconocer si en alguna medida, somos neutrales o equilibrados? Mi propia vida es un indicador del exceso o carencia de polaridad en la que me estoy moviendo o estoy atrayendo. 

Si hablamos de la cara negativa podemos tomar nota de, cuanto sufro por exceso de empatía o por carencia de empatía conmigo mismo o con los demás. O si ya no sufro, porque no puedo empatizar con nadie, algo parecido a «no sentir» o a la «insensibilidad» en alguna medida, porque el umbral del dolor y empatía han superado los límites o no se han desarrollado aún, y no presento manifestación ante el dolor en alguna medida o situación.

Si hablamos de la cara positiva podemos tomar toma de, cuánta felicidad, motivación, agradecimiento, aceptación, reconocimiento y aprendizaje vivo en mi día a día y en mi vida en general.

Y si hablamos de neutralidad, es porque nuestro negativo está armonizado con nuestro positivo. Sin excesos ni carencias de sufrimiento o felicidad, sin excesos ni carencias de trauma y aprendizaje. La manifestación de este equilibrio se verá reflejada en la vida diaria, cuando el nivel de empatía conmigo mismo, es igual a la empatía que siento por los demás y por la situación. Vivo neutralidad en alguna medida, cuando ya he desarrollado la armonía entre todas las partes en alguna medida. Porque he unido o incluido, al mismo tiempo y en la misma medida, las verdades de todas las partes implicadas. Sin generar fricción, resistencia ni sufrimiento, al contrario, gracias a la empatía en equilibrio con relación a todas las direcciones, vivo con confianza, claridad, certeza y verdad.

Cada ser humano vivimos nuestra propia verdad, desde un punto de vista diferente, desde un nivel de consciencia diferente y desde una historia vivida diferente y única. Entonces lo que nos dará equilibrio no es defender, juzgar o luchar por nuestra verdad, sino reconocerla y asumirla con libertad, cada uno la nuestra.

PODEMOS SER ARMONIZADORES O DESARMONIZADORES

Podemos ser Armonizadores o Desarmonizadores

Podemos ser Armonizadores o Desarmonizadores

Además de ser armonizadores o desarmonizadores, también existe la posibilidad de ser una persona armonizadora y no saberlo. La podemos reconocer principalmente porque lo da todo de sí, darlo todo en cada momento es lo que más disfruta y más se le facilita. Su actitud de entrega total le hace creer que no tiene nada que perder y al mismo tiempo teme perder todo, le motiva imaginarse feliz e imaginar feliz a los demás. Puede sentir y empatizar con el dolor y las necesidades de otros, al mismo tiempo se puede frustrar o perder en la insensibilidad y en la invasión de los demás. Otro rasgo que les caracteriza, es su necesidad de hacer y cumplir acuerdos con quienes convive o comparte, porque no hacerlo desde su punto de vista, es avanzar sin o por encima de los demás, pero para quienes no pueden ver su punto de vista, su necesidad de hacer acuerdos y cumplirlos, solo es una actitud de superioridad molesta o una actitud infantil innecesaria para llamar la atención. También les caracteriza la pasión por lo que hace principalmente, porque confía plenamente en su sentir y en la Vida. 

Cuando una persona armonizadora no se da cuenta que lo es, no puede reconocer la magnificencia de su capacidad de amar y servir, y vive las consecuencias del desequilibrio con excesos o carencias en el plano personal, desequilibrándose por un exceso de confianza, convirtiéndose en una persona ingenua que no puede ver la complejidad ni asumir la responsabilidad de relacionarse con personas que se han convertido en “desarmonizadores” o con personas en el proceso de ser “armonizadores”. También puede desequilibrarse por la falta de confianza en sí mismo, convirtiéndole en una persona solitaria o invisible que aprende a pasar desapercibido, mientras armoniza silenciosamente su pequeño mundo con orden y sentido propio, disfrutando y compartiendo con los demás de manera dosificada y tímida, con miedo a dejarse ver tal cual es.

Armonizador o desarmonizador, dos roles del alma que hacen parte del equilibrio de la vida. El ARMONIZADOR es la persona conectada a la consciencia, porque su alma ya aprendió a conectar con la mente y el corazón, por eso puede ser coherente, ya puede recordar quien es sin dolor, puede ver el futuro con sentido y evolucionar en esa dirección siendo testimonio de lo que dice, piensa y siente. Cuando estamos cerca de un armonizador la sensación es muy agradable. El DESARMONIZADOR es la persona conectada a su mente inconsciente, que se alimenta del juicio y el control, es una persona incoherente, desinteresada en cumplir acuerdos y alimentar relaciones transparentes, porque su mayor interés está puesto en su apariencia y su poder, en su mundo interior no hay serenidad ni empatía, porque ha olvidado quien es y tiene la sensación de tener que conseguir y tener, ganando mientras otros pierden. Se suele presentar como un armonizador y a su lado inicialmente podemos sentir agradecimiento y respeto, pero de repente la sensación cambia y en el ambiente se respira confusión, debilidad y la necesidad de esforzarnos para agradarle o servirle.

Ya hemos hablado de armonizadores y desarmonizadores. Ahora hablemos del proceso de madurez espiritual o armonía por el que las almas elegimos pasar. Entendiendo que armonía es volver a recordar y unir las verdades de quienes somos, y desarmonía es el olvido y la separación de quienes somos.

Todos, empezamos el proceso de ser armonizadores, aprendiendo a “recibir” y a empatizar solo con nosotros mismos, sin poder empatizar con las necesidades de los demás porque no nos corresponde desarrollar todavía la capacidad de “dar”, así que empezamos defendiendo lo que creemos que nos pertenece o somos. Igual que un bebé cuando nace, que depende de los demás para vivir y depende de su llanto para dejar ver sus necesidades vitales. El alma bebé llora y recibe, esa es su salvación y su mayor avance.

Cuando el alma deja de ser bebé y se convierte en niño, la personalidad de ese ser humano con alma niño, suele ser divertida pero caprichosa, experto pidiendo y recibiendo pero inmaduro dando y compartiendo, se frustra rápidamente cuando no puede hacer lo que quiere o no le salen las cosas bien en el primer intento, suelen aparentar fortaleza pero en el fondo son solo ternura, su llanto o explosión ya no es su máxima salvación como le sucede al alma bebé. El alma niño son personalidades que lloran o se enferman para «pedir» lo que necesitan, hasta que aprenden a pedir dando y comunicando, y usarán el llanto hasta que dejen de conseguir lo que quieren con el llanto.

Cuando nuestra alma llega a la adolescencia, se abre a lo nuevo, a probar con el fin de disfrutar, desea aprender a dar, pero solo a cambio de algo, mantiene el interés por recibir, pero la curiosidad es su mayor motivación, no sabe medir ni ver las consecuencias de sus actos porque todo es nuevo, porque cree que lo que es o tiene se lo han dado o regalado, por lo cual cree que no le pertenece, muy en el fondo cree no ser ni tener nada, y esa sensación de vacío le lleva a correr riesgos sin miedo a perder. Así que empieza a experimentar su máxima plenitud haciendo lo que más les gusta y su mayor vacío haciéndose daño. En este caso el alma adolescente son personas que no lloran o lo ocultan porque el llanto para ellos es sinónimo de desventaja, por lo cual, son seres humanos que se enfocan en divertirse y se esfuerzan por ocultar lo que les duele para jugar a ser grandes, fuertes y maduros.

Cuando nuestra alma llega a la edad adulta, nos convertimos en seres humanos con una personalidad muy servicial, incluso desde que nacemos, porque sabemos que nuestra misión es dar sin interés para llegar a amar incondicionalmente, nos parece más importante dar que recibir no porque lo sea sino porque ya hemos aprendido a recibir en otras vidas y en esta, hemos venido a aprender a dar. Nuestras personalidades tienen un rol de “madre” porque necesitamos y queremos cuidar a otros o de “padre” porque necesitamos y queremos proteger a otros. El “llanto” deja de ser la salvación del “alma bebé”, el consuelo del “alma niño”, la debilidad del “alma adolescente”, y se convierte en un acto de “rendición” del “alma adulta”. El alma adulta cree que no necesita llorar, pero cuando lo hace es porque se ha rendido, ya sea porque cree haber fracaso, con la sensación de haberlo hecho todo sin resultado o porque no puede creer la plenitud de haber logrado mucho más de lo que imaginaba o cree merecer. 

En cuanto al alma antigua “el llanto” se convierte en su conexión, el puente entre la mente y el corazón, el motor que le lleva a integrar el sentido de la consciencia y la inconsciencia, de lo antiguo y lo nuevo. El llanto ajeno y propio se convierten en la chispa que rompe y al mismo tiempo une, el equilibrio entre lo que duele y motiva, porque le lleva a experimentar la unidad del todo y la nada al mismo tiempo. El llanto se convierte en un escape a la inclusión y a la totalidad de los que somos y hemos creído ser, el llanto deja ver la diferencia que no se ve, sin vanidad ni ambición. El alma antigua que no se ha dado cuenta que lo es, puede actuar como un alma bebé, o sea como un ser humano con una empatía extraordinaria pero al mismo tiempo dependiente, intolerante y temeroso que todo le duele o le asusta, o como un alma niño que se entretiene solo jugando, sin la confianza de poder hacer algo transcendental, porque no puede valorar el camino recorrido y sigue caminando a la espera de que algún día termine y alguien le explique lo que ha pasado. Pero cuando un alma antigua puede reconocer que lo es, el “llanto y todo lo que le duele” se convierte en su sentido de vida para permitirse amarse y amar, permitirse hacer lo que ama y hacerlo amando, convirtiéndose en un ser humano conectado a la consciencia, al servicio del amor incondicional y testimonio de lo que predica y sabe.

MI EXPERIENCIA CERCANA A LA MUERTE

Mi Experiencia cercana a la muerte (ECM)

Mi Experiencia cercana a la muerte (ECM)

Esta es la primera vez que escribo públicamente sobre mi muerte y mi renacimiento vivido en abril de 2.015, desde entonces he escrito mucho y me he formado continua y especialmente sobre temas como la consciencia, el campo electromagnético, el sentido propio de la vida y el potencial interior del ser humano, porque la información, los cambios y la expresión del amor que siento por la vida desde ese momento, han sido mi motor para avanzar en esta dirección, desde la libertad y la plenitud en cada paso que voy dando.

Cada vez somos más personas, que hemos experimentado la muerte y hemos vuelto después de ver la luz al final del túnel, un túnel donde pudimos ver nuestra vida como una película que empezó por el presente, que se conectó con el pasado y el futuro y que en el “ahora” no tiene final. Cada vez somos más personas que hemos visto nuestro cuerpo físico desde arriba porque hemos estado fuera de él y después de este viaje en el tiempo infinito hemos empezado a vivir grandes cambios de consciencia, que traen un nuevo orden en las prioridades y en la dirección hacia donde queremos ir.

Independientemente de las estadísticas, las diferencias y las similitudes de las experiencias cercanas a la muerte, cada uno lo vivimos desde nuestra propia historia y proceso, como algo único, donde no caben las comparaciones ni los juicios, posiblemente por lo inexplicable y extraordinario que es el propio hecho de morir y volver a nacer en el mismo cuerpo.

Desde ese momento mi vida ha venido cambiando aceleradamente, con continuos procesos de transformación y transcendencia en todos los sentidos. Soy arquitecto y durante 12 años me dediqué a la gerencia de proyectos arquitectónicos desde un enfoque de esfuerzo por un mejor estilo de vida, ganar más dinero, tener cada vez más y mayores responsabilidades en un mundo intensamente intelectual. Ahora me dedico a sentir, a recordar, a conectar y a saborear a través de lo que hago en cada instante. Actualmente me dedico a hacer lo que amo, hago terapia, consultas, talleres y charlas relacionadas a la sanación de las heridas del alma, para volver a conectar la historia que se rompió o se detuvo  después de una experiencia traumática que se repite de alguna manera continuamente. También amo escribir, pintar y familiarizarme cada vez más con la energía de la vida que donde envuelve para seguir fluyendo.

Podría decir que mi alimento y mi medicina se han vuelto mi capacidad de reconocer y compartir mi verdad de cada instante presente, cada vez de manera más natural, más humana y más fluida con todo y con todos.

Viví y vivo el miedo, la confusión, los cambios y las diferencias con sufrimiento, pero ahora con aceptación y reconocimiento. Podría decir que hacerlo es uno de los grandes cambios en mi vida después de morir, porque el miedo ya no lo vivo como si fuera mi enemigo, ahora lo vivo con respeto y agradecimiento porque se ha convertido en una señal de la consciencia, para alinearme y calibrarme cuando sin darme cuenta me he salido de mi centro. Posiblemente uno de los mayores miedos sea al juicio propio y al juicio de los demás, por falta de confianza y entendimiento por lo que vivimos, por la gran diferencia con lo que nos han enseñado a todos en el sistema educativo, social, cultural y laboral. El gran miedo a las críticas, a los juicios y a los diagnósticos que empoderan la sensación de “dependencia, limitación o exclusión” antes que empoderar «autonomía, inclusión y sanación».

En mi proceso personal, he tenido abundancia de ayuda y recursos que me han acompañado en el camino de ir asimilando e integrando toda esta aceleración de vida. Y gracias a cada paso dado, cada vez me siento más viva, más sana, más feliz conmigo misma y con los demás, de hecho, la sensación más cercana a lo que siento es de enamoramiento por la vida. Me apasiona entender, volver a unir, integrar y sanar los bloqueos existenciales y las heridas del alma.

Me motiva vivir sin juicio, con una apertura cada vez mayor por lo que veo, siento, pienso y hago. Cada día me sorprende con la magia de reconocer y confiar profundamente en el potencial interior del ser humano.

No he vivido un duelo ni pérdida por mi vida anterior, posiblemente por mi propia transición o porque nadie me pidió ni me obligó volver. Morir para mí fue una oportunidad de reconocer mis ganas infinitas de vivir, fui yo quien pidió regresar desde lo más profundo de mí, elegí volver y fui escuchada. Mi deseo fue concedido a cambio de compartir lo que vivo con quienes quieren y pueden compartir lo que viven ellos igualmente. Desde que he vuelto a nacer, ya casi 4 años, me dedico a recordar, a compartir mi experiencia, a sanar mis heridas del alma, a acompañar y facilitar a quienes quieren y están sanando las suyas, a construir la vida que amo. Y lo vengo haciendo sin esfuerzo, sin obligar ni convencer a nadie, al contrario, la sensación es que cada vez lo hago sintiéndome más libre, más natural, más acompañada y más auténtica, con la certeza de que todos vamos en la misma dirección en alguna medida y manera.

Ahora todo ha cambiado, especialmente conceptos como la muerte, la vida, la ayuda, el amor, la salud y la enfermedad. La muerte ya no es un final, es un nuevo comienzo. La vida ya no es un esfuerzo, es una oportunidad. Mi salud y mi enfermedad ya no dependen del “exterior”, ahora son el reflejo de mi responsabilidad y mi coherencia con mi mundo “interior”. La ayuda ya no es sinónimo de dar por o con necesidad, ahora dar y recibir es la manifestación del equilibrio que confirma lo que está pasando dentro, reflejado en el afuera.

El amor ya no es una emoción, ahora sé que es la frecuencia más elevada de donde todos venimos cuando somos uno y a donde todos vamos cuando volvemos a sentirnos conectados unos con otros.

GRACIAS ANTONIO

Antonio fue un niño que sufrió porque nació sin la capacidad de obedecer sin antes entender el sentido integral de lo que hacía, se esforzaba al máximo por hacerlo, hizo todo lo que pudo hasta que se convenció de que por más que quisiera y lo intentara “no lo iba a conseguir” porque su cerebro y su corazón no sabían apagar la voz interior que le decían “¿por qué y para qué lo haces, qué sentido tiene hacerlo de esa manera y en ese momento?” por lo cual no podía acatar órdenes que contradecían su libertad innata de elegir, entender, compartir y de llegar a nuevos acuerdos donde se respetarán las diferencias y se encontrará un sentido propio para todas las partes.

Se llegó a convencer de que era malo porque no se sentía parte del sistema educativo que sus padres con la mejor intención habían elegido para él, se convenció de que era torpe porque no sacaba buenas notas, que era menos que los demás porque no se adaptaba a las normas estandarizadas, que era un fracaso porque hacia enfadar y perder dinero a sus padres, que era un inútil porque no conseguía darle gusto a los demás y que era un problema porque sus padres no sabían entender y mucho menos disfrutar su manera de ser y de ver la vida.

Ya no solo estaba desesperado por NO saber qué hacer, además estaba triste, asustado, frustrado, estaba en shock, se sentía solo en medio de mucha gente, se sentía un cero a la izquierda porque nadie veía su valía, por lo cual, se había convencido de no permitirse ser quien era, entendió que no era digno de ser amado, respetado, feliz, libre y mucho menos de conseguir hacer algo bien por él mismo y para los demás.

Aprendió a auto-sabotearse, auto-destruirse, obligándose a callar, comer entero, anularse, abandonarse, compararse, enfermar, ya no quería hacer nada porque su gran tesoro “su gran capacidad de vivir con sentido y coherencia propia” no había sido reconocido por las personas más importantes en su vida, no había sido parte activa del sistema educativo al que asistía, se había convencido de que “su vida no tenía sentido” y había encontrado soluciones temporales actuando desde la inferioridad y la superioridad, pero hacerlo tampoco le ayudaba.

La buena noticia es que nunca es tarde para que Antonio pueda reconocer su gran tesoro “su valía única de vivir con un sentido único”. Hoy puede ver que ha pagado el precio de vivir sintiéndose “excluido” por marcar la diferencia sin proponérselo, hoy está  transformando su experiencia traumática en un nuevo sentido de vida para una nueva humanidad, donde predomine la “inclusión”, donde todo niño se sienta digno, reconocido y apoyado por “sus propias capacidades y limitaciones”, y no por “las expectativas y creencias de un sistema estandarizado”, donde predomine el respeto por la autenticidad y no por las comparaciones y la competitividad.

 

Hoy Antonio agradece el aprendizaje que había detrás de su proceso traumático, gracias a sus experiencias más difíciles ha podido desarrollar la capacidad de valorar por el mismo su mayor riqueza, su gran potencial. Un potencial único, como todos los potenciales de cada ser humano. Un potencial que solo puede disfrutar cuando es reconocido como único. Un potencial que solo puede servir para los demás cuando es válido para su propia vida.
“Gracias Antonio por abrir tu corazón y permitirme escuchar el regalo que tienes para compartir y transformar la humanidad en una nueva humanidad”

(Personaje inventado, inspirado en todos los niños, adultos, mujeres y hombres que nos hemos convencido en algún momento, de NO ser lo suficientemente válidos ni dignos en nuestro entorno inmediato por ser quienes somos).

 

 

 text

 text

 text

 text

 

EL MIEDO A AMAR

EL MIEDO A AMAR

EL MIEDO A AMAR

Sin darnos cuenta, aprendemos a callar por miedo a hacer daño a los demás y por miedo a que nos hagan daño.

Sin darnos cuenta, aprendemos a obedecer y a agradar a los demás antes que a nosotros mismos por miedo a ser abandonados y por miedo a no seguir siendo parte de una relación.

Sin darnos cuenta, aprendemos a acumular resentimiento y frustración por miedo a que nos juzguen y por miedo a enfadar más a los demás.

Si nuestro cuerpo fuera una casa, el miedo y el dolor serían las alarmas que dan el aviso inmediato para hacer cambios inmediatos. Cambios o gestos de amor propio y de amor hacia los demás, pero si no atendemos la alarma, nos acostumbramos al ruido estridente de tener las alarmas encendidas todo el tiempo. Sin darnos cuenta hacemos de nuestra casa un lugar peligroso y con el tiempo se convierte en nuestra propia cárcel.

Nuestro cuerpo es nuestra casa y nuestro templo porque quien habita en ella es lo más sagrado para nuestra experiencia de vida y porque somos una creación divina. Dios está dentro de nosotros escuchándonos y hablándonos en todo momento, su voz es nuestra consciencia, solo hace falta parar y respirar para escucharle y sentirle en nuestro interior. Dios es quien sabe que debemos hacer en cada momento, incluso cuando se nos disparan las alarmas.

No hace falta pedir ni insistir a Dios sobre lo que queremos, porque lo sabe todo. No hace falta humillarnos ni sacrificarnos porque nos hizo libres y abundantes. Somos nosotros quienes le ignoramos.

Mientras más comunicación tengamos con Dios en nuestro interior, más cuidado y respetado será nuestro cuerpo, porque si Dios vive dentro de nosotros, nos llenamos de paz, compasión, confianza, plenitud y vida.

Nuestros cuerpos y nuestras mentes enferman cuando hemos dejado de sentir a Dios en nuestro interior. Y los milagros existen porque solo hace falta un instante para volver a sentirle dentro.
Todos hemos enfermado y hemos vivido milagros, nadie nos lo ha enseñado, pero lo sabemos porque hace parte de nuestra capacidad de sentir.

Es importante preguntarnos ¿Siento a Dios dentro de mi o me he desconectado sin ni siquiera darme cuenta? Porque en cuanto salimos de la ignorancia, activamos nuestra consciencia en el mismo instante y ese es el milagro.

EL AMOR NO ES UNA EMOCIÓN, ES UN ESTADO

El amor no es una emoción, es un estado.

Me dedico a sanar el trauma, entendiendo trauma como shock, parálisis, olvido o herida del alma. La herida de mi alma, aunque no lo parezca o pueda parecer que me dedico a sanar el trauma de los demás, a solucionar sus problemas o a meterme en el infierno que puedan estar viviendo, yo no lo vivo así ni me motiva llegar a hacerlo.

Mi prioridad se ha convertido en querer hacer todo lo que sea necesario para mantenerme en ese estado de amor propio, donde me ocupo de recuperar la responsabilidad y la libertad de mi propio proceso, porque cuando lo abandono, me pierdo, pero reconocerlo me motiva a volver sin importar el tiempo que tarde hasta que lo consiga porque es lo mejor que conozco y cualquier otro estado es ausencia de amor.

Mi concepto de “amor” e “infierno” tienen algo en común, lo entiendo como estados o frecuencias. En el amor recuerdo quien soy, recupero el sentido de lo que vivo y encuentro la motivación para continuar fluida y constantemente en él. En el infierno olvido quien soy, con la sensación de haber perdido el sentido propio, pero con la oportunidad de aprender a honrar todo cuanto existe, incluida la sensación de no existir y de no ser, aún corriendo el riesgo de perder el interés de recordarlo. Sé que todos en este mundo vivimos nuestro “propio infierno”, nuestros “propios problemas”, al igual que sé que todos tenemos la capacidad de despertar, recordar y volver a amar, y eso me alivia, me ayuda a sentirme igual y parte de todo.

En estos dos estados, tanto del amor como de la ausencia de él, somos nosotros los personajes principales y además los responsables de salir y entrar, aunque olvidemos hacerlo a veces con mucha frecuencia. Cualquier “ayuda” o “solución” que recibimos o damos, se puede vivir como ganancia, solo si lo hacemos habitando nuestro propio estado y respetando que la otra persona habite el suyo. Es una ilusión óptica o mental creer que podemos amar o ganar, al dar y recibir habitando o “invadiendo” el proceso o estado del otro.

El concepto “propio” es clave, para recordar que la plenitud la encuentro reconociendo lo que siento, habitándome y ocupándome de mi misma. Sin habitar, entrar, ocuparme o pretender cambiar la esencia propia de los demás. «Propio» marca la diferencia y al mismo tiempo la igualdad por compartir la misma prioridad de habitarnos cada uno a nosotros mismos, de lo contrario nos sentimos perdidos, necesitados, culpables, en deuda o salvadores de alguien o por alguien. 

Amo lo que hago y hago lo que amo, porque voy perdiendo el miedo a mi propio infierno. Hacerlo me ha recordado que he estado y salido de mi infierno honrando mi existencia y la existencia de todos, me ha recordado que las veces que lo he elegido, he caído o he permitido entrar en él, lo he hecho desde la impronta de llegar a sentirme libre incluso allí. Quienes vienen a terapia tienen la sensación de «querer y no poder» salir de su propio infierno, pero vienen porque quieren reconocer su estado, mantener o recuperar la responsabilidad de sus propios procesos, les duele y molesta estar más tiempo allí, su intención es salir recordando quienes son y entendiendo el sentido de haberlo elegido. Y cuando salen de sus infiernos lo hacen por la puerta grande, la salida hacia el mejor de sus estados: el amor propio.

Feliz Navidad. Feliz cierre e inicio de ciclo

Feliz Navidad. Feliz cierre e inicio de ciclo

Hoy es luna llena, solsticio de verano/invierno, navidad del sol, momento de renacimiento, de recuperar el movimiento, del reencuentro del final y del inicio.

Hoy celebramos el cierre de un ciclo y el comienzo de uno nuevo en nuestras vidas.

El ciclo que estamos cerrando está relacionado a soltar la necesidad de experimentar los extremos. Y el ciclo que estamos comenzando esta relacionado a integrar el aprendizaje de los dos extremos.

Uno de estos extremos está relacionado a sentirnos vulnerables, reprimidos, en peligro, en el lugar equivocado, obligados o agotados.

Y el otro extremo, está relacionado a sentirnos sin límites, sin la necesidad de ver las consecuencias, de confiar en los demás antes que en nosotros, con la incapacidad de valorar el orden, de permitir que nos usen por exceso de empatía, con miedo al compromiso personal para evitar la pérdida de la libertad y la valía, confundimos la invasión con afecto y nos exigimos atar el pasado y el futuro para obligarnos a vivir el presente.

Hoy es el cierre del ciclo de vivir y experimentar estos extremos porque ya han tenido su función, ya hemos aprendido de ellos que ninguno de los dos son la salida y que en ninguno de los dos nos sentimos a gusto con nosotros mismos ni con los demás como nos gustaría, porque nos llevan al bloqueo, a dejar de avanzar hacia lo que queremos, nos sentimos en un “quiero pero no puedo” y porque empezamos a generar conflicto sin la intención de hacerlo.

El nuevo ciclo que empezamos hoy está relacionado con la integración de estos extremos, porqué uniendo el aprendizaje de estos, encontramos el equilibrio interior y lo vemos reflejado en el exterior con nuestras relaciones y en nuestro entorno inmediato. Avanzamos hacia lo que queremos, hacia lo que más nos hace felices y en paz con nosotros mismos, hacia nuestra coherencia y nuestro sentido de vida, a relacionarnos con libertad, plenitud y confianza con nosotros mismos y con todo.

Hoy salimos de los extremos y entramos en el centro, como si estuviéramos en el ojo de un huracán, donde encontramos quietud, silencio y paz. Donde podemos agradecer al cielo que nos protege y a la tierra que pisamos, la que nos acoge y nos nutre. El tiempo y el espacio quedan suspendidos, nos encontramos a salvo y podemos ver con neutralidad lo que nos pasa, porque hemos elegido con libertad y plenitud nuestro sitio y nuestra experiencia. Y como ya lo hemos hecho, activamos la confianza de poder volver a hacerlo por nuestra propia elección las veces que queramos.

Hoy es el momento, hoy puedo recordar sin dolor, hoy puedo poner mi intención con confianza, libertad y plenitud en lo que más disfruto. Hoy me reconozco sin miedo a ser quien soy. Hoy sé que mi gran potencial es volver a conectar mi corazón con mi mente para reencontrarme, para volver a sentirme parte de todo, sin perder mi verdad y sin ganar la verdad de otros. Hoy reconozco y entiendo mi elección porque me permito disfrutarla

Para los que estamos cerca, en la distancia, los que vienen en camino y los que ya pasaron. Feliz Navidad.

EL SENTIDO DEL DOLOR

El sentido del dolor, nos permite elegir y honrar nuestra elección de vivir y morir.
El sentido del dolor…

El dolor nos recuerda que somos diferentes, cada uno con sus propios límites, limitaciones, capacidades y potenciales. Nos recuerda que somos igual de diferentes.

El dolor, nos ayuda a darnos cuenta si estamos usando nuestra brújula interior que nos guía para saber si seguir, parar o recalcular ruta.

El dolor es el sensor auto regulador que nos ayuda a respetar nuestra necesidad de expresarnos y de reconocer nuestras emociones todas sin excepción, porque si no lo hacemos a tiempo el volumen y la intensidad aumentan hasta que aprendamos que el dolor es nuestro aliado y no nuestro enemigo, ya sea por agotamiento o por rendición. Es un aprendizaje por el que tarde o temprano pasamos gracias al dolor.

La  creencia o costumbre de decir “no pasa nada”, “no es para tanto”, “ya se pasará”, “aguanto” o “yo he vivido momentos peores” no soluciona, no reconoce, no respeta y mucho menos nos acerca a la empatía y a la responsabilidad de encontrar la salida, al contrario nos conduce al conflicto, a la depresión, a reprimirnos, anularnos, insensibilizarnos y a negar la verdad de lo que sentimos.

Sentir viene de la raíz “sentire” que significa “ir adelante” o “tomar una dirección”, por eso la importancia y la prioridad de permitirnos sentir, alineándonos consecuentemente con lo que hacemos, pensamos y decimos, porque lo natural y humano es avanzar, estar en constante cambio y cualquier bloqueo en “el sentir” nos paraliza, enferma, enloquece, desconecta o traumatiza. Y no está mal, pero si generamos acumulación de aprendizajes pendientes de integrar, aplicar y transcender.

La creencia que nos lleva a actuar como si estuviéramos bien cuando no lo estamos, como si estuviéramos tranquilos cuando estamos cargados, o conformes cuando estamos heridos, nos lleva a acumular emociones hasta que no podamos más. La acumulación tiene que estallar en algún momento y de alguna manera, y en estos casos estalla por encima de nuestra voluntad provocándonos más dolor. Esto nos convierte en reactivos y al relacionarnos lo hacemos desde el ataque y la defensa, muy a pesar de tener capacidades infinitas de escucha, empatía y creatividad para encontrar nuevos acuerdos que nos permitan volver a sentirnos dignos y válidos.

Cuando no hemos aprendido que el dolor es una alarma que se dispara con el fin de ser atendida para volver a la calma y al equilibrio, nos vamos a los extremos.

Uno de estos extremos, es cuando estamos desconectados de nuestro dolor y del dolor de los demás, y nos convertimos en personas frías, distantes, rígidas, amargadas, indiferentes, apagadas o solitarias.

En el otro extremo, vivimos enfocados en el dolor propio o ajeno y nos convertimos en personas en constante lucha, sufridoras, agotadas, exageradas, dramáticas, depresivas o castigadoras.

En algunos casos podemos perder la confianza ante las señales del dolor, porque seguimos conectando con recuerdos traumáticos de manipulación o engaño en los que nos vimos controlados por el dolor fingido. Y es nuestra responsabilidad volver a confiar en nuestra capacidad de discernir entre el dolor auténtico y el dolor actuado.

No soy amante del dolor, pero si me apasiona entender y compartir el aprendizaje que experimentamos cuando vamos a su origen para apagar las alarmas, porque nos permite volver al centro de todo, a la calma, a la compasión por todo el camino recorrido. 

Ya sea por enfermedad, accidente, separación, guerra, locura o muerte podemos experimentar estas situaciones difíciles con “dolor acumulado” o con “dolor reconocido”, en los dos casos hablamos de situaciones difíciles y dolorosas, pero desde dos actitudes diferentes.

Desde el dolor acumulado experimentamos inconsciencia y desconexión con la vida, porque tenemos la sensación de haber sido abandonados y de haber llegado a un “final”. Desde el dolor atendido en su máxima expresión vivimos transformación y renacimiento, porque hemos activado los recursos que nos permiten sentir el dolor con entendimiento, aprendizaje, incluso con transcendencia del concepto de muerte porque experimentada con coherencia y con sentido, nos da la sensación de estar viviendo un “nuevo comienzo” en unión, en paz y armonía.

“Sentir de manera ecuánime o equilibrada” nos permite escuchar y acompañar sin juicios, sin miedo a la muerte ni a la vida, dignificar la transcendía de los procesos, recordar que no estamos solos ni separados, que nadie nos hace daño si reconocemos la causa y la consecuencia.  Sentir con la mente y pensar con el corazón nos permite elegir y honrar nuestra capacidad de sentir el dolor, y de nuestra elección de vivir y morir.

Traductor »