CONFIAR: CONECTAR CON COHERENCIA O CON EL CORAZÓN

CONFIAR: CONECTAR CON COHERENCIA O CON EL CORAZÓN… ¿Confío en mí? ¿confió en los demás y en la vida?

Según lo que hayamos interpretado y aprendido de nuestras experiencias y relaciones, principalmente con nuestros cuidadores en nuestra infancia, de mayores seremos adultos que sabremos confiar en nosotros o no, y confiar en los demás o no. En otras palabras, adultos conectados con lo que sentimos, hacemos y decimos (coherentes con nosotros mismos) y conectados con lo que los demás sienten, hacen y dicen (con relaciones coherentes), o no.

Pero siendo adultos podemos tomar consciencia de ello y tomar la responsabilidad por nuestra cuenta para desarrollar esa capacidad que todo ser humano tiene a la hora de aprender. Por ejemplo, de aprender a confiar en sí mismo, a confiar en los demás y a confiar en la vida. Nunca es tarde para hacerlo.

Pero hay un conflicto importante a resolver para conseguirlo, ¿cómo darnos cuenta de que estamos desconectados, si parte de estarlo es no ser consciente de ello? Segundo punto importante, sólo si nos damos cuenta de la ausencia de confianza podremos hacer algo al respecto, es la única manera de no vivir desconectado el resto de la vida. Y hacerlo se llama madurar o responsabilizarnos de nuestro crecimiento para dejar de quejarnos, atacar, defendernos y juzgar todo lo que nos pasa.

Una señal clave que me indica si confío o no en mí misma, es la sensación de LIBERTAD a la hora de hacer y decir lo que siento, con plena satisfacción personal por el beneficio individual y colectivo, sin necesidad de aprobación, de atacar a nadie ni de defenderme de nadie.

Una señal clave que me indica si confío o no en alguien, es la sensación de ACEPTACIÓN a la hora de respetar lo que hace, dice y siente la otra persona, porque me permito aprobar, comprender y recibir de esa persona independientemente si estoy de acuerdo o en desacuerdo con ella.

Y una señal clave que me indica si confío o no en la vida, es la sensación de AGRADECIMIENTO a la hora de vivir lo que me sucede, porque me permito abrirme, comprender y valorar lo que pasa independientemente si estoy disfrutando o aprendiendo.

Parece imposible que yo sepa confiar en los demás sin confiar en mí misma, pero es posible. Al igual que es posible saber confiar en mí misma sin saber confiar en los demás. Y también es posible no saber confiar en mí misma, en los demás ni en la vida.

En cualquiera de los casos, la desconfianza es la desconexión con la coherencia y la única manera de volver a conectar es activando la emoción o frecuencia más elevada: EL AMOR, pero no el “amor romántico”, el “amor positivo” ni el “amor dramático melancólico”. EL AMOR de frecuencia más elevada es el “amor ecuánime, neutral o consciente” el que no juzga, el que hace polo a tierra, el que transciende, el que integra, incluye y el que además está en continuo crecimiento.

Todos tenemos los recursos en nuestro interior para volver a conectar con coherencia, para volver a confiar en nosotros mismos, en los demás y en la Vida. Todos podemos hacer ese trabajo de introspección con nosotros mismos, en ocasiones necesitamos ayuda, pero lo más importante es “hacerlo”, “empezar”, “mantenernos hasta conseguirlo” porque si no lo hacemos por nuestra propia iniciativa e interés, aquellos que más nos quieren y además ven nuestro potencial, aunque nosotros no lo veamos, querrán ayudarnos a despertar ese interés, pero nos sentiremos frustrados, invadidos o presionados y la intención puede parecer contradictoria.

La vida vuelve a tener sentido cuando estamos conectados con nosotros mismos y con los demás. Es justo la desconexión con nosotros y con la vida la que nos lleva a experimentar situaciones de depresión, ansiedad, aislamiento, enfermedad, violencia y sufrimiento. Pero mientras más personas vivamos con confianza, conectadas a nuestro corazón, más posibilidades tenemos todos de volver a conectar con los demás de corazón a corazón. ¡Yo confío en mí y confío en ti! ¿Y tú?

ANTE LA DIFICULTAD, LA SALIDA ES HACIA DENTRO

ANTE LA DIFICULTAD, LA SALIDA ES HACIA DENTRO. Kinesiologia en Altea. Quiromasaje, Bioingeniería cuántica, masaje metamórfico. Alicante
ANTE LA DIFICULTAD, LA SALIDA ES HACIA DENTRO. Por lo general lo etiquetamos todo: malos y buenos, víctimas y agresores, débiles y fuertes. Creemos que rechazando lo que no nos gusta o lo que nos duele, lo solucionamos, pero realmente sólo nos sirve para compararnos, para sentirnos mejores o peores que los demás, para dar pasos en el mismo lugar, para guardar resentimiento o ambición y en el peor de los casos, para paralizarnos, rendirnos y soltar a otros toda la responsabilidad de lo que nos pasa. Pero en el fondo, todos queremos encontrar la salida y seguir avanzando, hacer lo que realmente queremos, encontrar respuestas y el sentido de estar vivos.

¿Por qué existen las situaciones difíciles y dolorosas?, ¿para qué?, ¿podemos salir bien librados de ellas? Si podemos, la dificultad o los “problemas” nos dan a elegir dos puertas.  Una de las puertas es muy grande y cómoda, es la que nos lleva a conocer el sufrimiento en cualquiera o en todas las facetas, una vez la atravesamos, nos envenenamos y envenenamos a otros y sin ni siquiera darnos cuenta. La otra puerta, es muy pequeña y estrecha, es la que nos lleva al aprendizaje, donde nos encontramos con nosotros mismos y entendemos el sentido que tiene la dificultad en nuestra vida.

Las dos puertas son válidas porque las dos nos permiten avanzar, de maneras diferentes, pero igualmente importantes. Si elegimos la puerta grande caminaremos hacia fuera, a nuestras anchas y posiblemente acompañados, sumando dolor, desarrollando capacidades para defendernos, luchar, rechazar y poner resistencia, enfocados en lo que el otro o los demás tienen que hacer, dejar de hacer o cambiar, preparados para la siguiente experiencia en la misma línea, acostumbrados a que la situación se repita una y otra vez en diferentes medidas y relaciones, nos sentimos cada vez más desconfiados, hechos a justificar juicios, quejas, amenazas y críticas. Si elegimos la puerta pequeña caminaremos hacia dentro, hacia el entendimiento de nosotros mismos, enfocados en ver la herida que tenemos dentro, en lo más profundo, algo que sigue roto o pendiente de limpiar, desarrollando la capacidad de volver a unir e integrar, con la certeza de que al cerrar los temas abiertos en nuestro interior, no volveremos a pasar por lo mismo, porque al bucear dentro y cerrar ciclos, fortalecemos nuestras bases, avivamos nuestras raíces para seguir creciendo a nivel personal y sin ni siquiera darnos cuenta, también crecemos a nivel familiar y social, la sensación al cruzar esta puerta es de agradecimiento y paz interior, porque entendemos el origen de nuestro dolor, y eso nos ayuda a seguir avanzando hacia donde queremos ir, nos permite ver hacia fuera con neutralidad a pesar de que el exterior aparentemente siga siendo el mismo o vaya a peor.

Es humano elegir primero la puerta grande porque es la que nos llevará por cansancio a elegir la puerta pequeña, la definitiva. La puerta grande es EL CAMINO y la puerta pequeña es LA SALIDA.

En la puerta grande las emociones nos superan y en la puerta pequeña las emociones son nuestros guías. Esto explica porque llega un momento en nuestras vidas en donde la dificultad, no deja de existir, pero si deja de ser un camino para convertirse en una salida. Es humano sentir todo tipo de emociones, el problema es perdernos en ellas y dejar de avanzar.

Avanzar es usar la salida, es ir hacia dentro, es volver al origen, al equilibrio, es permitirnos hacer lo que queremos, lo que más nos gusta, sin presionar ni despreciar a los demás porque están eligiendo sus propios caminos y salidas.

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USANDO EL MIEDO A NUESTRO FAVOR

Para soltar el peso sólo tenemos que saltar, usando el miedo a nuestro favor y lanzarnos a un nuevo cambio de consciencia.

Cuando los adultos aún no sabemos gestionar nuestras emociones y además hacemos responsables o culpables a los demás, por lo que sentimos o por lo que nos pasa, es una señal, de que nuestro niño interior o nuestra alma, como lo quieras llamar, tiene miedo, mucho miedo, y se ha convencido de no poder hacer nada al respecto. Pero si podemos, de hecho, es que no tenemos por qué seguir siendo niños eternos ni almas atrapadas en el miedo el resto de nuestras vidas. Existe una salida y se llama “Consciencia”. Si tomamos consciencia de nuestro miedo, se abre automáticamente la puerta que nos deja salir del bloqueo, ese exceso de miedo que nos impide avanzar, ese que no nos permite continuar con el proceso de crecer, y de aprender que tanto la felicidad como la ausencia de ella, no dependen de nadie y mucho menos de quienes amamos, de quienes nos han hecho daño o de lo que hacemos y tenemos. Nuestro crecimiento y nuestra felicidad sólo dependen de nosotros mismos, de volver a activar la capacidad que tenemos de seguir avanzando. Experimentar, Integrar, Aprender, ¡Evolucionar usando el miedo a nuestro favor!

 

Si la vida tuviera muchos caminos y cada camino empezara con una puerta. El miedo sería un paracaídas envuelto en una caja y en papel de regalo al lado de aquellas puertas que nos llevan a caminos muy intensos, similares a una caída o a un salto al vacío. La vida nos reserva un paracaídas exclusivamente para nosotros porque esas puertas específicamente lo requieren. Cuando el paracaídas hace parte del camino, necesitamos aprender a usarlo para poder superar la caída y seguir caminando, incluso más maduros y fortalecidos que antes. Pero mientras no entendamos esto, no actuaremos con confianza ni agradecimiento, todo lo contrario, cada vez que tengamos que abrir una puerta y no veamos el paracaídas con respeto y agradecimiento, viviremos otro tipo de caída, una que no nos deja ver lo bajo que caemos, actuando desde el desprecio, la ignorancia, la infravaloración o el sufrimiento en cualquiera de sus presentaciones como consecuencia, de no dar el paso, de darlo en otra dirección o de darlo sin recursos para superarlo. Y ante esta experiencia se crea una herida o trauma, nos convencemos de que el regalo no es útil, al contrario, aprendemos a verlo como una amenaza o una alarma que nos recuerda y nos hace re-experimentar una pérdida.

 

Así de contradictorio son nuestros miedos, justo aquello que más nos asusta, más nos duele o más nos paraliza, es aquello que mas necesitamos reconocer y valorar, darle su sitio y ocupar nosotros el nuestro para poder avanzar. El miedo en su justa medida nos da alas, nos ayuda a caer para poder levantarnos más fortalecidos, pero cuando no queremos ver ni aceptar el miedo que sentimos, nos quedamos atrapados en nuestra resistencia al miedo, sin darnos cuenta elevamos y aumentamos el poder de asustarnos y no conseguimos atravesar la puerta ni seguir nuestro camino.

 

Cuando abrimos una puerta que nos lleva a lo desconocido o al borde de un precipicio, aparece el miedo para ayudarnos a estar atentos a las señales y a las instrucciones que tenemos que seguir para dar el salto en condiciones. La propia situación que nos genera miedo, nos da todos los recursos, nosotros sólo tenemos que confiar, para poder valorar el regalo, para poder agradecer la experiencia de superación, para poder mantener despierto el interés y el sentido de vivirlo.

 

Una vez usado el paracaídas, tenemos que soltarlo, quitárnoslo de encima con agradecimiento, lo mismo que deberíamos hacer con el miedo, una vez nos ha acompañado en el salto nos despedimos de él, o de lo contrario lo llevaremos encima como una mochila enorme y pesada, que nos agotará hasta paralizarnos y rendirnos. Una vez superado el salto y sin el miedo a cuestas, nos sentiremos libres y tranquilos con nosotros mismos, con los demás y con las situaciones que se nos presenten.  Porque entendemos que somos responsables, dueños y creadores de lo que sentimos y de lo que hacemos, con mucha más confianza para asumir las consecuencias de seguir caminando sin apegos ni resistencias. 

 

Si entendemos que el miedo y todas las emociones son válidas y necesarias, a todas le encontraríamos su función en cada momento del camino. Las emociones que nos generan serenidad, nos confirman que vamos por un camino por el que podemos ver por dónde vamos, sin necesidad de peso ni cargas. Las emociones que nos generan sufrimiento nos confirman que tenemos resistencia a sentir miedo, que vamos por el camino con el paracaídas de mochila y además paralizados o lejos de la puerta de salida, por lo cual, no está mal sentir miedo, lo que nos hace daño realmente es quedarnos en el miedo mucho más tiempo del que necesitamos porque nos olvidamos de seguir caminando, nos quedamos petrificados y corremos el riesgo de perder el sentido y el norte.

 

Mientras más tardemos en saltar, más pesado nos parecerá el paracaídas. Para soltar el peso sólo tenemos que saltar, usar el miedo a nuestro favor, lanzarnos a hacer aquello que tanto tememos y dejarnos llevar por las señales del momento para seguir las instrucciones de vuelo.

Si todos y cada uno de los adultos nos ocupáramos de nuestro miedo y dejáramos a los demás que se ocupen del suyo, todos como humanidad avanzaríamos en el aprendizaje y en los procesos inconclusos, transformaríamos los obstáculos en oportunidades y dejaríamos de acumular emociones que sólo nos llevan a hacernos daño, a hacer daño a otros o a perder la cabeza. La mirada puesta en la salida es lo que nuestro niño herido o nuestra alma perdida necesitan.

 

Usando el miedo a nuestro favor nos lanzaremos a vivir un nuevo cambio de consciencia.

UNA MIRADA A NUESTRA AUTOESTIMA

 podemos confundir autoestima con autolesión, porque ser positivo, trabajador, luchador, perseverante, disciplinado o educado no nos asegura ser una persona consciente… Y desde la inconsciencia podemos dar por hecho muchas cosas, podemos hacernos daños y hacer daño a otros y a veces sin ni siquiera darnos cuenta.
Una mirada a nuestra autoestima

A veces es más fácil sospechar que necesitamos fortalecer nuestra autoestima cuando nos sentimos deprimidos, amargados, avergonzados, mal en algún sentido o menos que otras personas, pero cuando nos sentimos bien, incluso mejor que alguien o más que alguien, podemos confundir autoestima con autolesión, porque ser positivo, trabajador, luchador, perseverante, disciplinado o educado no nos asegura ser una persona consciente… Y desde la inconsciencia podemos dar por hecho muchas cosas, podemos hacernos daños y hacer daño a otros y a veces sin ni siquiera darnos cuenta.

Cuando nos sentimos débiles, vulnerables, limitados o perdidos es más fácil pedir ayuda o incluso recibirla sin pedirla, porque quien nos vea agonizando o en riesgo, nos auxiliará. Pero cuando físicamente somos fuertes, activos y sanos, no nos permitimos parar y mucho menos pedir ayuda ni dejarnos ayudar. Salvar, ayudar y ocuparnos de otros, en ocasiones es una compensación de nuestro dolor y de nuestro desorden interno. Por eso cuando toquemos fondo en algún sentido y nos parezca injusto, cabe aceptar el dolor que sentimos, parar y pedir ayuda porque no es un castigo, no es mala suerte, no es culpa de nadie. Sencillamente, son consecuencias de una autoestima herida, que necesita primeros auxilios.

De hecho, si el camino de la inconsciencia que estamos andando, nos lleva a la lucha donde unos son los malos y otro son los buenos; o nos lleva a la lástima donde unos son los débiles y otros son los fuertes; o nos lleva a ayudar a los demás donde dejamos de respetar nuestros límites para respetar los límites de otros, son señales que nos confirman que nos estamos alejando sin darnos cuenta, de nuestro equilibrio y de nuestra coherencia.

¿Qué está pasando con nuestra autoestima cuando vivimos al límite continuamente, sin tiempo, sin descanso, sin serenidad, sin orden, con la sensación de estar solos, en el aire, sin sentido, en un mundo malo, sin saber que queremos ni que sentimos, sin salida ante la maldad o el sufrimiento? Cuando vivimos en cualquiera de los dos extremos, tanto del control como de la falta de control, es cuando más posibilidades tenemos de sentirnos mejores o peores personas, y cualquiera de las dos posiciones son indicadores de una autoestima fuera de su centro.

En nuestra sociedad actual, es fácil creer que tenemos nuestra autoestima en su sitio, que tenemos razón y los demás no tienen ni idea de lo que es correcto, es muy común criticar, culpar o defendernos, y partiendo de esa distorsión no podemos hacer nada al respecto, pero la vida nos ayuda a darnos cuenta, enviándonos señales continuamente para hacer cambios o parar, y en el caso de no verlas, la intensidad y el volumen van subiendo el grado de dolor, de dificultad y sufrimiento en lo que vivimos en el día a día. Con el fin de sentirnos obligados a recalcular ruta, a reconocer donde estamos, quienes somos, hacer cambios que nos acerquen nuevamente a nuestra coherencia y a recuperar el sentido de vivir. La salida de este camino que parece ciego o ajeno a nosotros, está en nuestro interior, allí guardamos una herida abierta pendiente de sanar, temas pendientes que entender, que están pidiendo a gritos atención, cada vez que nos moleste o nos duela algo que otra persona hace o deja de hacer, es reflejo de nuestra herida que nos está diciendo “aquí estoy, soy la herida de tu alma la que te duele, no es la injusticia o el problema de fuera lo que tanto te molesta y te frustra”.

La seguridad y la fuerza que ponemos en el día a día y en las relaciones con los demás, nos pueden despistar, nos pueden hacer creer que tenemos todo bajo control y que el control es sinónimo de coherencia, pero pretender que unos ganen y otros pierdan es reflejo de la separación que alimentamos entre unos y otros. No nos damos cuenta que el esfuerzo nos aleja de la confianza, que la lucha nos aleja de la serenidad, que la razón nos aleja de la introspección, que la indiferencia nos aleja de la empatía, que la rigidez nos aleja de la tolerancia, y que toda esta tensión, debilita nuestra valía, pone en riesgo nuestra autoestima, no necesariamente en todos los aspectos, pero si en alguna dirección y en alguna medida.

Las heridas del alma no sangran, pero duelen y se infectan si no las atendemos, huelen mal y asustan, pero cuando las ignoramos no podemos hacer nada por nosotros mismos ni nos dejamos ayudar por nadie, preferimos continuar en modo queja, antes que aceptar que necesitamos volver a actuar con coherencia con nosotros mismos. Cualquier obsesión, adicción, actividad o reacción desproporcionada y repetitiva, será un síntoma evidente y una confirmación de lo mucho que necesitamos despertar de nuestra inconsciencia.

Todos queremos sanar nuestras heridas, pero a veces ante las más profundas y las más importantes, nos convencemos que somos incapaces de hacer algo al respecto, y preferimos mirar hacia fuera, sufrir y despreciar a quienes nos hacen recordar (sin darse cuenta) que estamos heridos, que seguimos sufriendo, y si la situación se repite continuamente, precisamente es para dejar de hacer lo mismo y que empecemos hacer cambios desde la responsabilidad de encontrar soluciones donde todos ganemos. Igual que pasa en el caso de las heridas físicas, cambiamos las formas y los medios para evitar volver a caer, y en situaciones graves, solo una ambulancia, una cirugía o la labor de muchos, puede ayudarnos, precisamente porque tenemos que volver a encontrarnos con nosotros mismos y con los demás.

LA AVENTURA DE APRENDER A VIVIR

Sanati salud y conciencia. La aventura de aprender a vivir

La aventura de aprender a vivir

La aventura de aprender a vivir.

El sufrimiento llega a nuestra vida cuando necesitamos APRENDER a dejar de ir en contra corriente, cuando nos resistimos al cambio, cuando no podemos entender lo que nos quiere regalar la Vida.

La felicidad llega a nuestra vida cuando ATENDEMOS las señales que nos da la Vida, cuando vamos a favor de la corriente.

Y La Paz interior llega a nuestra vida cuando RECORDAMOS que todos somos la Vida, que todo hace parte de un plan sagrado, que no hace falta nadar a favor ni en contra corriente porque somos la corriente que fluye. Cuando CONFIAMOS y vivimos con consciencia y responsabilidad todo lo bueno o malo, cada instante, el presente.

 

Y todo es necesario: aprender, atender y volver a recordar quienes somos, todo sirve, todo llega y todo pasa. Necesitamos aprender a vernos en todo y en todos, para liberarnos del rechazo, la ignorancia, la lucha, el apego, y dar espacio al agradecimiento y a la compasión por nosotros mismos y por los demás.

 

Equivocarme

 

En su momento sólo sabía que me dolía lo que los demás hacías y decían. Después llegue a creerme una víctima de las decisiones ajenas y del sistema, según iba creciendo empecé a actuar como si todo y todos pudieran y quisieran hacerme daño, aprendí a vivir sin confianza, a centrarme en los problemas, mi día se basaba en las obligaciones, en lo correcto e incorrecto, en el esfuerzo y en la lucha.

 

Hasta que me cansé y reventé en llanto, todo me dolía, poco a poco me fui sintiendo cada vez más sola, me sentí enferma, incluso me sentía muerta en vida, no quería más de lo mismo, llegué a creer que la vida era dura y difícil. Y sin darme cuenta, todo esto me llevó a aislarme, a estar quieta y en silencio absoluto.

 

Y en esta silenciosa quietud, pude recordar, incluso pude agradecer todo el proceso y pude reconocer que cada momento fue necesario para experimentar una misma situación desde diferentes perspectivas. Pude ver claramente que la situación siempre fue la misma pero era yo quien iba cambiando el enfoque y la apertura, porque me lo permitía o me saciaba de ver lo mismo.

 

Ahora sé que nada fue un error, que nunca me equivoqué, que sólo fue un juego de la mente pretendiendo encontrar una explicación al por qué nadie se puede equivocar. Y por fin entendí que todo sirvió y que todo sirve, que todo está relacionado y que todo tiene un profundo sentido.

 

Cuando pude ver todo esto, empecé a vivir desde la certeza de que siempre y en cada momento soy yo quien elige todo lo que me llega o se me cruza en la vida y además, soy yo quien elige como vivirlo y hasta cuando vivirlo, consciente o no, todos tenemos esa capacidad y es tan simple y natural que no necesitamos esforzarnos por desarrollarla pero desde la mente esto no lo podemos ver.

Respetando el dolor

Siendo conscientes de nuestras emociones de la forma que mejor nos venga, sin negar ni quitarle importancia podemos respetar nuestras experiencias de dolor.

“No pasa nada”, “no llores”, “recupérate pronto”, “no es para tanto”, “otra vez, no!”,  “pero ¿qué has hecho?”, “te lo dije”, “que mala suerte” o actuar como si no nos diéramos cuenta… son frases y comportamientos que esconden nuestra sensación de incapacidad para encontrar la manera de acompañar y aceptar los momentos de dolor.

Si nos sentimos frustrados o ignoramos lo que sentimos o pueden sentir otras personas en situaciones de sufrimiento, posiblemente sea porque nosotros mismos no hemos entendido que hay un motivo y un aprendizaje cuando el dolor aparece.

Aceptación, presencia, reconocimiento y compasión son el camino para encontrar la manera de empezar a ver el dolor con otros ojos y para permitirnos el uso de expresiones como: “me duele y necesito aceptarlo”, “te entiendo y estoy contigo”, “llora todo lo que necesites”, “¿qué puedes hacer para sentirte mejor?, ¿puedo hacer algo que te haga sentir mejor?, “¿qué es lo que no estoy viendo o no he entendido, que me está volviendo a pasar lo mismo?…

La vida es perfecta, no por la cantidad de logros ni porque todo nos salga “bien”.
Es perfecta porque aceptamos que es importante y son dignos todos y cada uno de los procesos de nuestra vida, buenos y malos, incluso equivocarnos es necesario, probar diferentes opciones es una elección, reconocer el dolor como parte del proceso que necesitamos nos desarrolla tolerancia, nos enseña a conocernos y a ver lo diferentes y al mismo tiempo, lo idénticos que somos con todo lo que nos rodea.

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