EL AMOR NO ES UNA EMOCIÓN, ES UN ESTADO

El amor no es una emoción, es un estado.

Me dedico a sanar el trauma, entendiendo trauma como shock, parálisis, olvido o herida del alma. La herida de mi alma, aunque no lo parezca o pueda parecer que me dedico a sanar el trauma de los demás, a solucionar sus problemas o a meterme en el infierno que puedan estar viviendo, yo no lo vivo así ni me motiva llegar a hacerlo.

Mi prioridad se ha convertido en querer hacer todo lo que sea necesario para mantenerme en ese estado de amor propio, donde me ocupo de recuperar la responsabilidad y la libertad de mi propio proceso, porque cuando lo abandono, me pierdo, pero reconocerlo me motiva a volver sin importar el tiempo que tarde hasta que lo consiga porque es lo mejor que conozco y cualquier otro estado es ausencia de amor.

Mi concepto de “amor” e “infierno” tienen algo en común, lo entiendo como estados o frecuencias. En el amor recuerdo quien soy, recupero el sentido de lo que vivo y encuentro la motivación para continuar fluida y constantemente en él. En el infierno olvido quien soy, con la sensación de haber perdido el sentido propio, pero con la oportunidad de aprender a honrar todo cuanto existe, incluida la sensación de no existir y de no ser, aún corriendo el riesgo de perder el interés de recordarlo. Sé que todos en este mundo vivimos nuestro “propio infierno”, nuestros “propios problemas”, al igual que sé que todos tenemos la capacidad de despertar, recordar y volver a amar, y eso me alivia, me ayuda a sentirme igual y parte de todo.

En estos dos estados, tanto del amor como de la ausencia de él, somos nosotros los personajes principales y además los responsables de salir y entrar, aunque olvidemos hacerlo a veces con mucha frecuencia. Cualquier “ayuda” o “solución” que recibimos o damos, se puede vivir como ganancia, solo si lo hacemos habitando nuestro propio estado y respetando que la otra persona habite el suyo. Es una ilusión óptica o mental creer que podemos amar o ganar, al dar y recibir habitando o “invadiendo” el proceso o estado del otro.

El concepto “propio” es clave, para recordar que la plenitud la encuentro reconociendo lo que siento, habitándome y ocupándome de mi misma. Sin habitar, entrar, ocuparme o pretender cambiar la esencia propia de los demás. “Propio” marca la diferencia y al mismo tiempo la igualdad por compartir la misma prioridad de habitarnos cada uno a nosotros mismos, de lo contrario nos sentimos perdidos, necesitados, culpables, en deuda o salvadores de alguien o por alguien. 

Amo lo que hago y hago lo que amo, porque voy perdiendo el miedo a mi propio infierno. Hacerlo me ha recordado que he estado y salido de mi infierno honrando mi existencia y la existencia de todos, me ha recordado que las veces que lo he elegido, he caído o he permitido entrar en él, lo he hecho desde la impronta de llegar a sentirme libre incluso allí. Quienes vienen a terapia tienen la sensación de “querer y no poder” salir de su propio infierno, pero vienen porque quieren reconocer su estado, mantener o recuperar la responsabilidad de sus propios procesos, les duele y molesta estar más tiempo allí, su intención es salir recordando quienes son y entendiendo el sentido de haberlo elegido. Y cuando salen de sus infiernos lo hacen por la puerta grande, la salida hacia el mejor de sus estados: el amor propio.

EL SENTIDO DEL DOLOR

El sentido del dolor, nos permite elegir y honrar nuestra elección de vivir y morir.
El sentido del dolor…

El dolor nos recuerda que somos diferentes, cada uno con sus propios límites, limitaciones, capacidades y potenciales. Nos recuerda que somos igual de diferentes.

El dolor, nos ayuda a darnos cuenta si estamos usando nuestra brújula interior que nos guía para saber si seguir, parar o recalcular ruta.

El dolor es el sensor auto regulador que nos ayuda a respetar nuestra necesidad de expresarnos y de reconocer nuestras emociones todas sin excepción, porque si no lo hacemos a tiempo el volumen y la intensidad aumentan hasta que aprendamos que el dolor es nuestro aliado y no nuestro enemigo, ya sea por agotamiento o por rendición. Es un aprendizaje por el que tarde o temprano pasamos gracias al dolor.

La  creencia o costumbre de decir “no pasa nada”, “no es para tanto”, “ya se pasará”, “aguanto” o “yo he vivido momentos peores” no soluciona, no reconoce, no respeta y mucho menos nos acerca a la empatía y a la responsabilidad de encontrar la salida, al contrario nos conduce al conflicto, a la depresión, a reprimirnos, anularnos, insensibilizarnos y a negar la verdad de lo que sentimos.

Sentir viene de la raíz “sentire” que significa “ir adelante” o “tomar una dirección”, por eso la importancia y la prioridad de permitirnos sentir, alineándonos consecuentemente con lo que hacemos, pensamos y decimos, porque lo natural y humano es avanzar, estar en constante cambio y cualquier bloqueo en “el sentir” nos paraliza, enferma, enloquece, desconecta o traumatiza. Y no está mal, pero si generamos acumulación de aprendizajes pendientes de integrar, aplicar y transcender.

La creencia que nos lleva a actuar como si estuviéramos bien cuando no lo estamos, como si estuviéramos tranquilos cuando estamos cargados, o conformes cuando estamos heridos, nos lleva a acumular emociones hasta que no podamos más. La acumulación tiene que estallar en algún momento y de alguna manera, y en estos casos estalla por encima de nuestra voluntad provocándonos más dolor. Esto nos convierte en reactivos y al relacionarnos lo hacemos desde el ataque y la defensa, muy a pesar de tener capacidades infinitas de escucha, empatía y creatividad para encontrar nuevos acuerdos que nos permitan volver a sentirnos dignos y válidos.

Cuando no hemos aprendido que el dolor es una alarma que se dispara con el fin de ser atendida para volver a la calma y al equilibrio, nos vamos a los extremos.

Uno de estos extremos, es cuando estamos desconectados de nuestro dolor y del dolor de los demás, y nos convertimos en personas frías, distantes, rígidas, amargadas, indiferentes, apagadas o solitarias.

En el otro extremo, vivimos enfocados en el dolor propio o ajeno y nos convertimos en personas en constante lucha, sufridoras, agotadas, exageradas, dramáticas, depresivas o castigadoras.

En algunos casos podemos perder la confianza ante las señales del dolor, porque seguimos conectando con recuerdos traumáticos de manipulación o engaño en los que nos vimos controlados por el dolor fingido. Y es nuestra responsabilidad volver a confiar en nuestra capacidad de discernir entre el dolor auténtico y el dolor actuado.

No soy amante del dolor, pero si me apasiona entender y compartir el aprendizaje que experimentamos cuando vamos a su origen para apagar las alarmas, porque nos permite volver al centro de todo, a la calma, a la compasión por todo el camino recorrido. 

Ya sea por enfermedad, accidente, separación, guerra, locura o muerte podemos experimentar estas situaciones difíciles con “dolor acumulado” o con “dolor reconocido”, en los dos casos hablamos de situaciones difíciles y dolorosas, pero desde dos actitudes diferentes.

Desde el dolor acumulado experimentamos inconsciencia y desconexión con la vida, porque tenemos la sensación de haber sido abandonados y de haber llegado a un “final”. Desde el dolor atendido en su máxima expresión vivimos transformación y renacimiento, porque hemos activado los recursos que nos permiten sentir el dolor con entendimiento, aprendizaje, incluso con transcendencia del concepto de muerte porque experimentada con coherencia y con sentido, nos da la sensación de estar viviendo un “nuevo comienzo” en unión, en paz y armonía.

“Sentir de manera ecuánime o equilibrada” nos permite escuchar y acompañar sin juicios, sin miedo a la muerte ni a la vida, dignificar la transcendía de los procesos, recordar que no estamos solos ni separados, que nadie nos hace daño si reconocemos la causa y la consecuencia.  Sentir con la mente y pensar con el corazón nos permite elegir y honrar nuestra capacidad de sentir el dolor, y de nuestra elección de vivir y morir.

SOY RESPONSABLE DE SER QUIEN SOY Y ESTOY APRENDIENDO A ASUMIR LAS CONSECUENCIAS

Soy responsable de ser quien soy, de todo lo que atraigo, de todo lo que comparto en mi día a día, y estoy aprendiendo a asumir las consecuencias.

Tú, yo y todos en nuestro entorno hacemos y decimos lo que consideramos que es “correcto”, pero si nos enfocáramos en aquello con lo que nos sentimos realmente en paz y en equilibrio, posiblemente no tendríamos tiempo ni ganas de juzgar a nadie, de entrar a decir a los demás lo que tienen que hacer, de estar en guerra con el que no hace lo que consideramos “correcto” ni nos responsabilizaríamos de procesos ajenos porque estaríamos ocupados siendo auténticos y coherentes con nosotros mismos.

Nos hemos creído que ocuparnos y centrarnos en nosotros y en nuestras responsabilidades, es un acto egoísta y perverso, cuando realmente es un acto de libertad, amor y confianza, pues ocuparnos de nuestras necesidades y prioridades emocionales principalmente, nos acerca a hacer y decir aquello que sólo nosotros sabemos, a ser quien realmente somos, a armonizar nuestro tiempo, nuestro espacio y nuestras relaciones, a reconocer nuestras capacidades, a despertar la creatividad de probarlo todo hasta encontrar la manera y el momento en que nos podemos sentir más a gusto en nuestro día a día.

La responsabilidad emocional, no nos aleja ni nos separa de los demás, no nos pone en contra de nada ni de nadie, no nos sobrecarga ni nos desgasta, todo lo contrario, nos une, nos acerca independientemente de la distancia, de las formas, las creencias, las costumbres y las diferencias. Porque ocuparnos de nuestra felicidad y paz interior nos conduce a una vida con sentido propio, nos desarrolla empatía primero con nosotros mismos y seguidamente empatía con los demás, nos enseña a ocupar y respetar nuestro sitio y nuestros límites, y seguidamente a respetar los de los demás, a tener claridad mental, a tomar decisiones a nuestro favor y a favor de todas las partes, a encontrar soluciones antes que pedirlas o exigirlas, a permitirnos crear en nuestra mente el futuro que nos hace ser felices en el presente y nos hace estar en paz con nuestro pasado.

No me creas, compruébalo por ti mismo. Ponlo en práctica y experimenta el cambio con coherencia, el movimiento hacia dentro de ti mismo, la armonía entre lo que haces, dices y sientes. Ama con la libertad de ser quien eres, igual de único y diferente como todo ser humano, sin esperar nada a cambio ni a la espera de resultados. Y no porque te conformes o no te motive mejorar cada día, sino porque vives, das y recibes desde la plenitud de hacer lo máximo que puedes en cada momento, de sentirte pleno haciendo lo que haces y de expresar lo que te refleja o te identifica, porque lo tienes dentro y también lo puedes ver en el interior de todo lo que te rodea.

Ser responsable de lo que siento, de lo que atraigo y de lo que comparto en mi día a día, es un regalo que se llama “presente”.

 

LIBERTAD: VOLVER A CONFIAR

LIBERTAD: VOLVER A CONFIAR

Cuando nos conectamos con nosotros mismos, podemos volver a conectar de corazón a corazón con los demás, podemos experimentar certeza, libertad y confianza. Aunque parezca idílico, es tan sólo parte de nuestra naturaleza como seres humanos. Todos podemos desarrollar la capacidad de alinear nuestro sentir, con nuestro pensar y con nuestro hacer: “coherencia, volver a unir mente, corazón y cuerpo”, esta unión es la gran puerta que está abierta para recordar nuestro sentido de estar vivos y el sentido de nuestras experiencias por muy difíciles que sean.

Lo que interpretemos y entendamos de nuestras experiencias y relaciones, nos dice cómo nos estamos relacionando con nosotros mismos, porque lo que pasa en nuestro entorno, nos está reflejando la libertad o la esclavitud que vivimos dentro. Todas aquellas creencias y patrones que aprendimos y fueron útiles en su momento, dejan de serlo y es nuestra responsabilidad transformarlas y actualizarlas, porque de lo contrario nos paralizarán o harán corto circuito, llamado comúnmente con el nombre de trauma, enfermedad, problema, estrés, debilidad o cansancio.

La desconexión con nuestro universo o magia interior, es el mayor bloqueo de la humanidad, no reconocerlo y no hacer nada al respecto hace parte de estar desconectados de nosotros mismos. Sólo si nos damos cuenta de la ausencia de confianza en nuestra vida ya es un paso para hacer algo al respecto. Volver a conectar es recuperar la responsabilidad de nuestro crecimiento emocional, mental y espiritual para dejar de responsabilizar a otros y para salir de la repetición de patrones o historias que nos dan la sensación de vivir en guerra, huída, en peligro o agotados.

Confío en mí cuando me siento LIBRE de hacer y decir lo que siento, con plena satisfacción personal, con la certeza de ganar yo y todas las partes, sin necesidad de aprobación, de atacar ni de defenderme de nadie.

Confío en los demás, cuando OBSERVO con ECUANIMIDAD lo que hacen, dicen y sienten los demás, aunque no lo comparta, no lo justifique y no lo apruebe, no hay juicio, porque me permito reconocer que detrás de toda persona y toda acción hay una historia que está siendo parte de un equilibrio universal y divino que yo no controlo, pero del cual hago parte importante como todo cuanto existe.

Confío en la vida, cuando APRENDO en todo momento, tanto de lo que me gusta como de lo que no me gusta, porque me permito comprender y ver lo que no se ve, porque hacerlo me lleva a mi centro y al equilibrio dentro de un contexto o circunstancia.

La única manera de volver a conectar y conectarnos es desde la frecuencia más elevada: EL AMOR, pero no el “amor romántico”, el “amor positivo” ni el “amor dramático melancólico”. EL AMOR de frecuencia más elevada es el “amor ecuánime, neutral o consciente” el que no juzga, el que nos ayuda hacer polo a tierra, el que transciende, el que integra, incluye, el que está en continuo crecimiento, el que nos permite reconocer nuestro potencial sin sentirnos mejores ni peores que nadie.

Todos tenemos los recursos en nuestro interior para volver a conectar con nuestra coherencia, para volver a confiar en nosotros mismos y en la Vida. Todos podemos hacer ese trabajo de introspección con nosotros mismos, en ocasiones necesitamos ayuda, pero lo más importante es “hacerlo” y “mantenernos hasta conseguirlo” por nuestra propia iniciativa e interés.

La vida vuelve a tener sentido cuando estamos conectados con nosotros mismos.

ANTE LA DIFICULTAD, LA SALIDA ES HACIA DENTRO

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ANTE LA DIFICULTAD, LA SALIDA ES HACIA DENTRO. Por lo general lo etiquetamos todo: malos y buenos, víctimas y agresores, débiles y fuertes. Creemos que rechazando lo que no nos gusta o lo que nos duele, lo solucionamos, pero realmente sólo nos sirve para compararnos, para sentirnos mejores o peores que los demás, para dar pasos en el mismo lugar, para guardar resentimiento o ambición y en el peor de los casos, para paralizarnos, rendirnos y soltar a otros toda la responsabilidad de lo que nos pasa. Pero en el fondo, todos queremos encontrar la salida y seguir avanzando, hacer lo que realmente queremos, encontrar respuestas y el sentido de estar vivos.

¿Por qué existen las situaciones difíciles y dolorosas?, ¿para qué?, ¿podemos salir bien librados de ellas? Si podemos, la dificultad o los “problemas” nos dan a elegir dos puertas.  Una de las puertas es muy grande y cómoda, es la que nos lleva a conocer el sufrimiento en cualquiera o en todas las facetas, una vez la atravesamos, nos envenenamos y envenenamos a otros y sin ni siquiera darnos cuenta. La otra puerta, es muy pequeña y estrecha, es la que nos lleva al aprendizaje, donde nos encontramos con nosotros mismos y entendemos el sentido que tiene la dificultad en nuestra vida.

Las dos puertas son válidas porque las dos nos permiten avanzar, de maneras diferentes, pero igualmente importantes. Si elegimos la puerta grande caminaremos hacia fuera, a nuestras anchas y posiblemente acompañados, sumando dolor, desarrollando capacidades para defendernos, luchar, rechazar y poner resistencia, enfocados en lo que el otro o los demás tienen que hacer, dejar de hacer o cambiar, preparados para la siguiente experiencia en la misma línea, acostumbrados a que la situación se repita una y otra vez en diferentes medidas y relaciones, nos sentimos cada vez más desconfiados, hechos a justificar juicios, quejas, amenazas y críticas. Si elegimos la puerta pequeña caminaremos hacia dentro, hacia el entendimiento de nosotros mismos, enfocados en ver la herida que tenemos dentro, en lo más profundo, algo que sigue roto o pendiente de limpiar, desarrollando la capacidad de volver a unir e integrar, con la certeza de que al cerrar los temas abiertos en nuestro interior, no volveremos a pasar por lo mismo, porque al bucear dentro y cerrar ciclos, fortalecemos nuestras bases, avivamos nuestras raíces para seguir creciendo a nivel personal y sin ni siquiera darnos cuenta, también crecemos a nivel familiar y social, la sensación al cruzar esta puerta es de agradecimiento y paz interior, porque entendemos el origen de nuestro dolor, y eso nos ayuda a seguir avanzando hacia donde queremos ir, nos permite ver hacia fuera con neutralidad a pesar de que el exterior aparentemente siga siendo el mismo o vaya a peor.

Es humano elegir primero la puerta grande porque es la que nos llevará por cansancio a elegir la puerta pequeña, la definitiva. La puerta grande es EL CAMINO y la puerta pequeña es LA SALIDA.

En la puerta grande las emociones nos superan y en la puerta pequeña las emociones son nuestros guías. Esto explica porque llega un momento en nuestras vidas en donde la dificultad, no deja de existir, pero si deja de ser un camino para convertirse en una salida. Es humano sentir todo tipo de emociones, el problema es perdernos en ellas y dejar de avanzar.

Avanzar es usar la salida, es ir hacia dentro, es volver al origen, al equilibrio, es permitirnos hacer lo que queremos, lo que más nos gusta, sin presionar ni despreciar a los demás porque están eligiendo sus propios caminos y salidas.

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USANDO EL MIEDO A NUESTRO FAVOR

Para soltar el peso sólo tenemos que saltar, usando el miedo a nuestro favor y lanzarnos a un nuevo cambio de consciencia.

Cuando los adultos aún no sabemos gestionar nuestras emociones y además hacemos responsables o culpables a los demás, por lo que sentimos o por lo que nos pasa, es una señal, de que nuestro niño interior o nuestra alma, como lo quieras llamar, tiene miedo, mucho miedo, y se ha convencido de no poder hacer nada al respecto. Pero si podemos, de hecho, es que no tenemos por qué seguir siendo niños eternos ni almas atrapadas en el miedo el resto de nuestras vidas. Existe una salida y se llama “Consciencia”. Si tomamos consciencia de nuestro miedo, se abre automáticamente la puerta que nos deja salir del bloqueo, ese exceso de miedo que nos impide avanzar, ese que no nos permite continuar con el proceso de crecer, y de aprender que tanto la felicidad como la ausencia de ella, no dependen de nadie y mucho menos de quienes amamos, de quienes nos han hecho daño o de lo que hacemos y tenemos. Nuestro crecimiento y nuestra felicidad sólo dependen de nosotros mismos, de volver a activar la capacidad que tenemos de seguir avanzando. Experimentar, Integrar, Aprender, ¡Evolucionar usando el miedo a nuestro favor!

 

Si la vida tuviera muchos caminos y cada camino empezara con una puerta. El miedo sería un paracaídas envuelto en una caja y en papel de regalo al lado de aquellas puertas que nos llevan a caminos muy intensos, similares a una caída o a un salto al vacío. La vida nos reserva un paracaídas exclusivamente para nosotros porque esas puertas específicamente lo requieren. Cuando el paracaídas hace parte del camino, necesitamos aprender a usarlo para poder superar la caída y seguir caminando, incluso más maduros y fortalecidos que antes. Pero mientras no entendamos esto, no actuaremos con confianza ni agradecimiento, todo lo contrario, cada vez que tengamos que abrir una puerta y no veamos el paracaídas con respeto y agradecimiento, viviremos otro tipo de caída, una que no nos deja ver lo bajo que caemos, actuando desde el desprecio, la ignorancia, la infravaloración o el sufrimiento en cualquiera de sus presentaciones como consecuencia, de no dar el paso, de darlo en otra dirección o de darlo sin recursos para superarlo. Y ante esta experiencia se crea una herida o trauma, nos convencemos de que el regalo no es útil, al contrario, aprendemos a verlo como una amenaza o una alarma que nos recuerda y nos hace re-experimentar una pérdida.

 

Así de contradictorio son nuestros miedos, justo aquello que más nos asusta, más nos duele o más nos paraliza, es aquello que mas necesitamos reconocer y valorar, darle su sitio y ocupar nosotros el nuestro para poder avanzar. El miedo en su justa medida nos da alas, nos ayuda a caer para poder levantarnos más fortalecidos, pero cuando no queremos ver ni aceptar el miedo que sentimos, nos quedamos atrapados en nuestra resistencia al miedo, sin darnos cuenta elevamos y aumentamos el poder de asustarnos y no conseguimos atravesar la puerta ni seguir nuestro camino.

 

Cuando abrimos una puerta que nos lleva a lo desconocido o al borde de un precipicio, aparece el miedo para ayudarnos a estar atentos a las señales y a las instrucciones que tenemos que seguir para dar el salto en condiciones. La propia situación que nos genera miedo, nos da todos los recursos, nosotros sólo tenemos que confiar, para poder valorar el regalo, para poder agradecer la experiencia de superación, para poder mantener despierto el interés y el sentido de vivirlo.

 

Una vez usado el paracaídas, tenemos que soltarlo, quitárnoslo de encima con agradecimiento, lo mismo que deberíamos hacer con el miedo, una vez nos ha acompañado en el salto nos despedimos de él, o de lo contrario lo llevaremos encima como una mochila enorme y pesada, que nos agotará hasta paralizarnos y rendirnos. Una vez superado el salto y sin el miedo a cuestas, nos sentiremos libres y tranquilos con nosotros mismos, con los demás y con las situaciones que se nos presenten.  Porque entendemos que somos responsables, dueños y creadores de lo que sentimos y de lo que hacemos, con mucha más confianza para asumir las consecuencias de seguir caminando sin apegos ni resistencias. 

 

Si entendemos que el miedo y todas las emociones son válidas y necesarias, a todas le encontraríamos su función en cada momento del camino. Las emociones que nos generan serenidad, nos confirman que vamos por un camino por el que podemos ver por dónde vamos, sin necesidad de peso ni cargas. Las emociones que nos generan sufrimiento nos confirman que tenemos resistencia a sentir miedo, que vamos por el camino con el paracaídas de mochila y además paralizados o lejos de la puerta de salida, por lo cual, no está mal sentir miedo, lo que nos hace daño realmente es quedarnos en el miedo mucho más tiempo del que necesitamos porque nos olvidamos de seguir caminando, nos quedamos petrificados y corremos el riesgo de perder el sentido y el norte.

 

Mientras más tardemos en saltar, más pesado nos parecerá el paracaídas. Para soltar el peso sólo tenemos que saltar, usar el miedo a nuestro favor, lanzarnos a hacer aquello que tanto tememos y dejarnos llevar por las señales del momento para seguir las instrucciones de vuelo.

Si todos y cada uno de los adultos nos ocupáramos de nuestro miedo y dejáramos a los demás que se ocupen del suyo, todos como humanidad avanzaríamos en el aprendizaje y en los procesos inconclusos, transformaríamos los obstáculos en oportunidades y dejaríamos de acumular emociones que sólo nos llevan a hacernos daño, a hacer daño a otros o a perder la cabeza. La mirada puesta en la salida es lo que nuestro niño herido o nuestra alma perdida necesitan.

 

Usando el miedo a nuestro favor nos lanzaremos a vivir un nuevo cambio de consciencia.

UNA MIRADA A NUESTRA AUTOESTIMA

 podemos confundir autoestima con autolesión, porque ser positivo, trabajador, luchador, perseverante, disciplinado o educado no nos asegura ser una persona consciente… Y desde la inconsciencia podemos dar por hecho muchas cosas, podemos hacernos daños y hacer daño a otros y a veces sin ni siquiera darnos cuenta.
Una mirada a nuestra autoestima

A veces es más fácil sospechar que necesitamos fortalecer nuestra autoestima cuando nos sentimos deprimidos, amargados, avergonzados, mal en algún sentido o menos que otras personas, pero cuando nos sentimos bien, incluso mejor que alguien o más que alguien, podemos confundir autoestima con autolesión, porque ser positivo, trabajador, luchador, perseverante, disciplinado o educado no nos asegura ser una persona consciente… Y desde la inconsciencia podemos dar por hecho muchas cosas, podemos hacernos daños y hacer daño a otros y a veces sin ni siquiera darnos cuenta.

Cuando nos sentimos débiles, vulnerables, limitados o perdidos es más fácil pedir ayuda o incluso recibirla sin pedirla, porque quien nos vea agonizando o en riesgo, nos auxiliará. Pero cuando físicamente somos fuertes, activos y sanos, no nos permitimos parar y mucho menos pedir ayuda ni dejarnos ayudar. Salvar, ayudar y ocuparnos de otros, en ocasiones es una compensación de nuestro dolor y de nuestro desorden interno. Por eso cuando toquemos fondo en algún sentido y nos parezca injusto, cabe aceptar el dolor que sentimos, parar y pedir ayuda porque no es un castigo, no es mala suerte, no es culpa de nadie. Sencillamente, son consecuencias de una autoestima herida, que necesita primeros auxilios.

De hecho, si el camino de la inconsciencia que estamos andando, nos lleva a la lucha donde unos son los malos y otro son los buenos; o nos lleva a la lástima donde unos son los débiles y otros son los fuertes; o nos lleva a ayudar a los demás donde dejamos de respetar nuestros límites para respetar los límites de otros, son señales que nos confirman que nos estamos alejando sin darnos cuenta, de nuestro equilibrio y de nuestra coherencia.

¿Qué está pasando con nuestra autoestima cuando vivimos al límite continuamente, sin tiempo, sin descanso, sin serenidad, sin orden, con la sensación de estar solos, en el aire, sin sentido, en un mundo malo, sin saber que queremos ni que sentimos, sin salida ante la maldad o el sufrimiento? Cuando vivimos en cualquiera de los dos extremos, tanto del control como de la falta de control, es cuando más posibilidades tenemos de sentirnos mejores o peores personas, y cualquiera de las dos posiciones son indicadores de una autoestima fuera de su centro.

En nuestra sociedad actual, es fácil creer que tenemos nuestra autoestima en su sitio, que tenemos razón y los demás no tienen ni idea de lo que es correcto, es muy común criticar, culpar o defendernos, y partiendo de esa distorsión no podemos hacer nada al respecto, pero la vida nos ayuda a darnos cuenta, enviándonos señales continuamente para hacer cambios o parar, y en el caso de no verlas, la intensidad y el volumen van subiendo el grado de dolor, de dificultad y sufrimiento en lo que vivimos en el día a día. Con el fin de sentirnos obligados a recalcular ruta, a reconocer donde estamos, quienes somos, hacer cambios que nos acerquen nuevamente a nuestra coherencia y a recuperar el sentido de vivir. La salida de este camino que parece ciego o ajeno a nosotros, está en nuestro interior, allí guardamos una herida abierta pendiente de sanar, temas pendientes que entender, que están pidiendo a gritos atención, cada vez que nos moleste o nos duela algo que otra persona hace o deja de hacer, es reflejo de nuestra herida que nos está diciendo “aquí estoy, soy la herida de tu alma la que te duele, no es la injusticia o el problema de fuera lo que tanto te molesta y te frustra”.

La seguridad y la fuerza que ponemos en el día a día y en las relaciones con los demás, nos pueden despistar, nos pueden hacer creer que tenemos todo bajo control y que el control es sinónimo de coherencia, pero pretender que unos ganen y otros pierdan es reflejo de la separación que alimentamos entre unos y otros. No nos damos cuenta que el esfuerzo nos aleja de la confianza, que la lucha nos aleja de la serenidad, que la razón nos aleja de la introspección, que la indiferencia nos aleja de la empatía, que la rigidez nos aleja de la tolerancia, y que toda esta tensión, debilita nuestra valía, pone en riesgo nuestra autoestima, no necesariamente en todos los aspectos, pero si en alguna dirección y en alguna medida.

Las heridas del alma no sangran, pero duelen y se infectan si no las atendemos, huelen mal y asustan, pero cuando las ignoramos no podemos hacer nada por nosotros mismos ni nos dejamos ayudar por nadie, preferimos continuar en modo queja, antes que aceptar que necesitamos volver a actuar con coherencia con nosotros mismos. Cualquier obsesión, adicción, actividad o reacción desproporcionada y repetitiva, será un síntoma evidente y una confirmación de lo mucho que necesitamos despertar de nuestra inconsciencia.

Todos queremos sanar nuestras heridas, pero a veces ante las más profundas y las más importantes, nos convencemos que somos incapaces de hacer algo al respecto, y preferimos mirar hacia fuera, sufrir y despreciar a quienes nos hacen recordar (sin darse cuenta) que estamos heridos, que seguimos sufriendo, y si la situación se repite continuamente, precisamente es para dejar de hacer lo mismo y que empecemos hacer cambios desde la responsabilidad de encontrar soluciones donde todos ganemos. Igual que pasa en el caso de las heridas físicas, cambiamos las formas y los medios para evitar volver a caer, y en situaciones graves, solo una ambulancia, una cirugía o la labor de muchos, puede ayudarnos, precisamente porque tenemos que volver a encontrarnos con nosotros mismos y con los demás.

LA AVENTURA DE APRENDER A VIVIR

Sanati salud y conciencia. La aventura de aprender a vivir

La aventura de aprender a vivir

La aventura de aprender a vivir.

El sufrimiento llega a nuestra vida cuando necesitamos APRENDER a dejar de ir en contra corriente, cuando nos resistimos al cambio, cuando no podemos entender lo que nos quiere regalar la Vida.

La felicidad llega a nuestra vida cuando ATENDEMOS las señales que nos da la Vida, cuando vamos a favor de la corriente.

Y La Paz interior llega a nuestra vida cuando RECORDAMOS que todos somos la Vida, que todo hace parte de un plan sagrado, que no hace falta nadar a favor ni en contra corriente porque somos la corriente que fluye. Cuando CONFIAMOS y vivimos con consciencia y responsabilidad todo lo bueno o malo, cada instante, el presente.

 

Y todo es necesario: aprender, atender y volver a recordar quienes somos, todo sirve, todo llega y todo pasa. Necesitamos aprender a vernos en todo y en todos, para liberarnos del rechazo, la ignorancia, la lucha, el apego, y dar espacio al agradecimiento y a la compasión por nosotros mismos y por los demás.

 

Equivocarme

 

En su momento sólo sabía que me dolía lo que los demás hacías y decían. Después llegue a creerme una víctima de las decisiones ajenas y del sistema, según iba creciendo empecé a actuar como si todo y todos pudieran y quisieran hacerme daño, aprendí a vivir sin confianza, a centrarme en los problemas, mi día se basaba en las obligaciones, en lo correcto e incorrecto, en el esfuerzo y en la lucha.

 

Hasta que me cansé y reventé en llanto, todo me dolía, poco a poco me fui sintiendo cada vez más sola, me sentí enferma, incluso me sentía muerta en vida, no quería más de lo mismo, llegué a creer que la vida era dura y difícil. Y sin darme cuenta, todo esto me llevó a aislarme, a estar quieta y en silencio absoluto.

 

Y en esta silenciosa quietud, pude recordar, incluso pude agradecer todo el proceso y pude reconocer que cada momento fue necesario para experimentar una misma situación desde diferentes perspectivas. Pude ver claramente que la situación siempre fue la misma pero era yo quien iba cambiando el enfoque y la apertura, porque me lo permitía o me saciaba de ver lo mismo.

 

Ahora sé que nada fue un error, que nunca me equivoqué, que sólo fue un juego de la mente pretendiendo encontrar una explicación al por qué nadie se puede equivocar. Y por fin entendí que todo sirvió y que todo sirve, que todo está relacionado y que todo tiene un profundo sentido.

 

Cuando pude ver todo esto, empecé a vivir desde la certeza de que siempre y en cada momento soy yo quien elige todo lo que me llega o se me cruza en la vida y además, soy yo quien elige como vivirlo y hasta cuando vivirlo, consciente o no, todos tenemos esa capacidad y es tan simple y natural que no necesitamos esforzarnos por desarrollarla pero desde la mente esto no lo podemos ver.

Respetando el dolor

Siendo conscientes de nuestras emociones de la forma que mejor nos venga, sin negar ni quitarle importancia podemos respetar nuestras experiencias de dolor.

“No pasa nada”, “no llores”, “recupérate pronto”, “no es para tanto”, “otra vez, no!”,  “pero ¿qué has hecho?”, “te lo dije”, “que mala suerte” o actuar como si no nos diéramos cuenta… son frases y comportamientos que esconden nuestra sensación de incapacidad para encontrar la manera de acompañar y aceptar los momentos de dolor.

Si nos sentimos frustrados o ignoramos lo que sentimos o pueden sentir otras personas en situaciones de sufrimiento, posiblemente sea porque nosotros mismos no hemos entendido que hay un motivo y un aprendizaje cuando el dolor aparece.

Aceptación, presencia, reconocimiento y compasión son el camino para encontrar la manera de empezar a ver el dolor con otros ojos y para permitirnos el uso de expresiones como: “me duele y necesito aceptarlo”, “te entiendo y estoy contigo”, “llora todo lo que necesites”, “¿qué puedes hacer para sentirte mejor?, ¿puedo hacer algo que te haga sentir mejor?, “¿qué es lo que no estoy viendo o no he entendido, que me está volviendo a pasar lo mismo?…

La vida es perfecta, no por la cantidad de logros ni porque todo nos salga “bien”.
Es perfecta porque aceptamos que es importante y son dignos todos y cada uno de los procesos de nuestra vida, buenos y malos, incluso equivocarnos es necesario, probar diferentes opciones es una elección, reconocer el dolor como parte del proceso que necesitamos nos desarrolla tolerancia, nos enseña a conocernos y a ver lo diferentes y al mismo tiempo, lo idénticos que somos con todo lo que nos rodea.

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