EL AMOR NO ES UNA EMOCIÓN, ES UN ESTADO

El amor no es una emoción, es un estado.

Me dedico a sanar el trauma, entendiendo trauma como shock, parálisis, olvido o herida del alma. La herida de mi alma, aunque no lo parezca o pueda parecer que me dedico a sanar el trauma de los demás, a solucionar sus problemas o a meterme en el infierno que puedan estar viviendo, yo no lo vivo así ni me motiva llegar a hacerlo.

Mi prioridad se ha convertido en querer hacer todo lo que sea necesario para mantenerme en ese estado de amor propio, donde me ocupo de recuperar la responsabilidad y la libertad de mi propio proceso, porque cuando lo abandono, me pierdo, pero reconocerlo me motiva a volver sin importar el tiempo que tarde hasta que lo consiga porque es lo mejor que conozco y cualquier otro estado es ausencia de amor.

Mi concepto de “amor” e “infierno” tienen algo en común, lo entiendo como estados o frecuencias. En el amor recuerdo quien soy, recupero el sentido de lo que vivo y encuentro la motivación para continuar fluida y constantemente en él. En el infierno olvido quien soy, con la sensación de haber perdido el sentido propio, pero con la oportunidad de aprender a honrar todo cuanto existe, incluida la sensación de no existir y de no ser, aún corriendo el riesgo de perder el interés de recordarlo. Sé que todos en este mundo vivimos nuestro “propio infierno”, nuestros “propios problemas”, al igual que sé que todos tenemos la capacidad de despertar, recordar y volver a amar, y eso me alivia, me ayuda a sentirme igual y parte de todo.

En estos dos estados, tanto del amor como de la ausencia de él, somos nosotros los personajes principales y además los responsables de salir y entrar, aunque olvidemos hacerlo a veces con mucha frecuencia. Cualquier “ayuda” o “solución” que recibimos o damos, se puede vivir como ganancia, solo si lo hacemos habitando nuestro propio estado y respetando que la otra persona habite el suyo. Es una ilusión óptica o mental creer que podemos amar o ganar, al dar y recibir habitando o “invadiendo” el proceso o estado del otro.

El concepto “propio” es clave, para recordar que la plenitud la encuentro reconociendo lo que siento, habitándome y ocupándome de mi misma. Sin habitar, entrar, ocuparme o pretender cambiar la esencia propia de los demás. “Propio” marca la diferencia y al mismo tiempo la igualdad por compartir la misma prioridad de habitarnos cada uno a nosotros mismos, de lo contrario nos sentimos perdidos, necesitados, culpables, en deuda o salvadores de alguien o por alguien. 

Amo lo que hago y hago lo que amo, porque voy perdiendo el miedo a mi propio infierno. Hacerlo me ha recordado que he estado y salido de mi infierno honrando mi existencia y la existencia de todos, me ha recordado que las veces que lo he elegido, he caído o he permitido entrar en él, lo he hecho desde la impronta de llegar a sentirme libre incluso allí. Quienes vienen a terapia tienen la sensación de “querer y no poder” salir de su propio infierno, pero vienen porque quieren reconocer su estado, mantener o recuperar la responsabilidad de sus propios procesos, les duele y molesta estar más tiempo allí, su intención es salir recordando quienes son y entendiendo el sentido de haberlo elegido. Y cuando salen de sus infiernos lo hacen por la puerta grande, la salida hacia el mejor de sus estados: el amor propio.

Feliz Navidad. Feliz cierre e inicio de ciclo

Feliz Navidad. Feliz cierre e inicio de ciclo

Hoy es luna llena, solsticio de verano/invierno, navidad del sol, momento de renacimiento, de recuperar el movimiento, del reencuentro del final y del inicio.

Hoy celebramos el cierre de un ciclo y el comienzo de uno nuevo en nuestras vidas.

El ciclo que estamos cerrando está relacionado a soltar la necesidad de experimentar los extremos. Y el ciclo que estamos comenzando esta relacionado a integrar el aprendizaje de los dos extremos.

Uno de estos extremos está relacionado a sentirnos vulnerables, reprimidos, en peligro, en el lugar equivocado, obligados o agotados.

Y el otro extremo, está relacionado a sentirnos sin límites, sin la necesidad de ver las consecuencias, de confiar en los demás antes que en nosotros, con la incapacidad de valorar el orden, de permitir que nos usen por exceso de empatía, con miedo al compromiso personal para evitar la pérdida de la libertad y la valía, confundimos la invasión con afecto y nos exigimos atar el pasado y el futuro para obligarnos a vivir el presente.

Hoy es el cierre del ciclo de vivir y experimentar estos extremos porque ya han tenido su función, ya hemos aprendido de ellos que ninguno de los dos son la salida y que en ninguno de los dos nos sentimos a gusto con nosotros mismos ni con los demás como nos gustaría, porque nos llevan al bloqueo, a dejar de avanzar hacia lo que queremos, nos sentimos en un “quiero pero no puedo” y porque empezamos a generar conflicto sin la intención de hacerlo.

El nuevo ciclo que empezamos hoy está relacionado con la integración de estos extremos, porqué uniendo el aprendizaje de estos, encontramos el equilibrio interior y lo vemos reflejado en el exterior con nuestras relaciones y en nuestro entorno inmediato. Avanzamos hacia lo que queremos, hacia lo que más nos hace felices y en paz con nosotros mismos, hacia nuestra coherencia y nuestro sentido de vida, a relacionarnos con libertad, plenitud y confianza con nosotros mismos y con todo.

Hoy salimos de los extremos y entramos en el centro, como si estuviéramos en el ojo de un huracán, donde encontramos quietud, silencio y paz. Donde podemos agradecer al cielo que nos protege y a la tierra que pisamos, la que nos acoge y nos nutre. El tiempo y el espacio quedan suspendidos, nos encontramos a salvo y podemos ver con neutralidad lo que nos pasa, porque hemos elegido con libertad y plenitud nuestro sitio y nuestra experiencia. Y como ya lo hemos hecho, activamos la confianza de poder volver a hacerlo por nuestra propia elección las veces que queramos.

Hoy es el momento, hoy puedo recordar sin dolor, hoy puedo poner mi intención con confianza, libertad y plenitud en lo que más disfruto. Hoy me reconozco sin miedo a ser quien soy. Hoy sé que mi gran potencial es volver a conectar mi corazón con mi mente para reencontrarme, para volver a sentirme parte de todo, sin perder mi verdad y sin ganar la verdad de otros. Hoy reconozco y entiendo mi elección porque me permito disfrutarla

Para los que estamos cerca, en la distancia, los que vienen en camino y los que ya pasaron. Feliz Navidad.

EL SENTIDO DEL DOLOR

El sentido del dolor, nos permite elegir y honrar nuestra elección de vivir y morir.
El sentido del dolor…

El dolor nos recuerda que somos diferentes, cada uno con sus propios límites, limitaciones, capacidades y potenciales. Nos recuerda que somos igual de diferentes.

El dolor, nos ayuda a darnos cuenta si estamos usando nuestra brújula interior que nos guía para saber si seguir, parar o recalcular ruta.

El dolor es el sensor auto regulador que nos ayuda a respetar nuestra necesidad de expresarnos y de reconocer nuestras emociones todas sin excepción, porque si no lo hacemos a tiempo el volumen y la intensidad aumentan hasta que aprendamos que el dolor es nuestro aliado y no nuestro enemigo, ya sea por agotamiento o por rendición. Es un aprendizaje por el que tarde o temprano pasamos gracias al dolor.

La  creencia o costumbre de decir “no pasa nada”, “no es para tanto”, “ya se pasará”, “aguanto” o “yo he vivido momentos peores” no soluciona, no reconoce, no respeta y mucho menos nos acerca a la empatía y a la responsabilidad de encontrar la salida, al contrario nos conduce al conflicto, a la depresión, a reprimirnos, anularnos, insensibilizarnos y a negar la verdad de lo que sentimos.

Sentir viene de la raíz “sentire” que significa “ir adelante” o “tomar una dirección”, por eso la importancia y la prioridad de permitirnos sentir, alineándonos consecuentemente con lo que hacemos, pensamos y decimos, porque lo natural y humano es avanzar, estar en constante cambio y cualquier bloqueo en “el sentir” nos paraliza, enferma, enloquece, desconecta o traumatiza. Y no está mal, pero si generamos acumulación de aprendizajes pendientes de integrar, aplicar y transcender.

La creencia que nos lleva a actuar como si estuviéramos bien cuando no lo estamos, como si estuviéramos tranquilos cuando estamos cargados, o conformes cuando estamos heridos, nos lleva a acumular emociones hasta que no podamos más. La acumulación tiene que estallar en algún momento y de alguna manera, y en estos casos estalla por encima de nuestra voluntad provocándonos más dolor. Esto nos convierte en reactivos y al relacionarnos lo hacemos desde el ataque y la defensa, muy a pesar de tener capacidades infinitas de escucha, empatía y creatividad para encontrar nuevos acuerdos que nos permitan volver a sentirnos dignos y válidos.

Cuando no hemos aprendido que el dolor es una alarma que se dispara con el fin de ser atendida para volver a la calma y al equilibrio, nos vamos a los extremos.

Uno de estos extremos, es cuando estamos desconectados de nuestro dolor y del dolor de los demás, y nos convertimos en personas frías, distantes, rígidas, amargadas, indiferentes, apagadas o solitarias.

En el otro extremo, vivimos enfocados en el dolor propio o ajeno y nos convertimos en personas en constante lucha, sufridoras, agotadas, exageradas, dramáticas, depresivas o castigadoras.

En algunos casos podemos perder la confianza ante las señales del dolor, porque seguimos conectando con recuerdos traumáticos de manipulación o engaño en los que nos vimos controlados por el dolor fingido. Y es nuestra responsabilidad volver a confiar en nuestra capacidad de discernir entre el dolor auténtico y el dolor actuado.

No soy amante del dolor, pero si me apasiona entender y compartir el aprendizaje que experimentamos cuando vamos a su origen para apagar las alarmas, porque nos permite volver al centro de todo, a la calma, a la compasión por todo el camino recorrido. 

Ya sea por enfermedad, accidente, separación, guerra, locura o muerte podemos experimentar estas situaciones difíciles con “dolor acumulado” o con “dolor reconocido”, en los dos casos hablamos de situaciones difíciles y dolorosas, pero desde dos actitudes diferentes.

Desde el dolor acumulado experimentamos inconsciencia y desconexión con la vida, porque tenemos la sensación de haber sido abandonados y de haber llegado a un “final”. Desde el dolor atendido en su máxima expresión vivimos transformación y renacimiento, porque hemos activado los recursos que nos permiten sentir el dolor con entendimiento, aprendizaje, incluso con transcendencia del concepto de muerte porque experimentada con coherencia y con sentido, nos da la sensación de estar viviendo un “nuevo comienzo” en unión, en paz y armonía.

“Sentir de manera ecuánime o equilibrada” nos permite escuchar y acompañar sin juicios, sin miedo a la muerte ni a la vida, dignificar la transcendía de los procesos, recordar que no estamos solos ni separados, que nadie nos hace daño si reconocemos la causa y la consecuencia.  Sentir con la mente y pensar con el corazón nos permite elegir y honrar nuestra capacidad de sentir el dolor, y de nuestra elección de vivir y morir.

SOY RESPONSABLE DE SER QUIEN SOY Y ESTOY APRENDIENDO A ASUMIR LAS CONSECUENCIAS

Soy responsable de ser quien soy, de todo lo que atraigo, de todo lo que comparto en mi día a día, y estoy aprendiendo a asumir las consecuencias.

Tú, yo y todos en nuestro entorno hacemos y decimos lo que consideramos que es “correcto”, pero si nos enfocáramos en aquello con lo que nos sentimos realmente en paz y en equilibrio, posiblemente no tendríamos tiempo ni ganas de juzgar a nadie, de entrar a decir a los demás lo que tienen que hacer, de estar en guerra con el que no hace lo que consideramos “correcto” ni nos responsabilizaríamos de procesos ajenos porque estaríamos ocupados siendo auténticos y coherentes con nosotros mismos.

Nos hemos creído que ocuparnos y centrarnos en nosotros y en nuestras responsabilidades, es un acto egoísta y perverso, cuando realmente es un acto de libertad, amor y confianza, pues ocuparnos de nuestras necesidades y prioridades emocionales principalmente, nos acerca a hacer y decir aquello que sólo nosotros sabemos, a ser quien realmente somos, a armonizar nuestro tiempo, nuestro espacio y nuestras relaciones, a reconocer nuestras capacidades, a despertar la creatividad de probarlo todo hasta encontrar la manera y el momento en que nos podemos sentir más a gusto en nuestro día a día.

La responsabilidad emocional, no nos aleja ni nos separa de los demás, no nos pone en contra de nada ni de nadie, no nos sobrecarga ni nos desgasta, todo lo contrario, nos une, nos acerca independientemente de la distancia, de las formas, las creencias, las costumbres y las diferencias. Porque ocuparnos de nuestra felicidad y paz interior nos conduce a una vida con sentido propio, nos desarrolla empatía primero con nosotros mismos y seguidamente empatía con los demás, nos enseña a ocupar y respetar nuestro sitio y nuestros límites, y seguidamente a respetar los de los demás, a tener claridad mental, a tomar decisiones a nuestro favor y a favor de todas las partes, a encontrar soluciones antes que pedirlas o exigirlas, a permitirnos crear en nuestra mente el futuro que nos hace ser felices en el presente y nos hace estar en paz con nuestro pasado.

No me creas, compruébalo por ti mismo. Ponlo en práctica y experimenta el cambio con coherencia, el movimiento hacia dentro de ti mismo, la armonía entre lo que haces, dices y sientes. Ama con la libertad de ser quien eres, igual de único y diferente como todo ser humano, sin esperar nada a cambio ni a la espera de resultados. Y no porque te conformes o no te motive mejorar cada día, sino porque vives, das y recibes desde la plenitud de hacer lo máximo que puedes en cada momento, de sentirte pleno haciendo lo que haces y de expresar lo que te refleja o te identifica, porque lo tienes dentro y también lo puedes ver en el interior de todo lo que te rodea.

Ser responsable de lo que siento, de lo que atraigo y de lo que comparto en mi día a día, es un regalo que se llama “presente”.

 

LIBERTAD: VOLVER A CONFIAR

LIBERTAD: VOLVER A CONFIAR

Cuando nos conectamos con nosotros mismos, podemos volver a conectar de corazón a corazón con los demás, podemos experimentar certeza, libertad y confianza. Aunque parezca idílico, es tan sólo parte de nuestra naturaleza como seres humanos. Todos podemos desarrollar la capacidad de alinear nuestro sentir, con nuestro pensar y con nuestro hacer: “coherencia, volver a unir mente, corazón y cuerpo”, esta unión es la gran puerta que está abierta para recordar nuestro sentido de estar vivos y el sentido de nuestras experiencias por muy difíciles que sean.

Lo que interpretemos y entendamos de nuestras experiencias y relaciones, nos dice cómo nos estamos relacionando con nosotros mismos, porque lo que pasa en nuestro entorno, nos está reflejando la libertad o la esclavitud que vivimos dentro. Todas aquellas creencias y patrones que aprendimos y fueron útiles en su momento, dejan de serlo y es nuestra responsabilidad transformarlas y actualizarlas, porque de lo contrario nos paralizarán o harán corto circuito, llamado comúnmente con el nombre de trauma, enfermedad, problema, estrés, debilidad o cansancio.

La desconexión con nuestro universo o magia interior, es el mayor bloqueo de la humanidad, no reconocerlo y no hacer nada al respecto hace parte de estar desconectados de nosotros mismos. Sólo si nos damos cuenta de la ausencia de confianza en nuestra vida ya es un paso para hacer algo al respecto. Volver a conectar es recuperar la responsabilidad de nuestro crecimiento emocional, mental y espiritual para dejar de responsabilizar a otros y para salir de la repetición de patrones o historias que nos dan la sensación de vivir en guerra, huída, en peligro o agotados.

Confío en mí cuando me siento LIBRE de hacer y decir lo que siento, con plena satisfacción personal, con la certeza de ganar yo y todas las partes, sin necesidad de aprobación, de atacar ni de defenderme de nadie.

Confío en los demás, cuando OBSERVO con ECUANIMIDAD lo que hacen, dicen y sienten los demás, aunque no lo comparta, no lo justifique y no lo apruebe, no hay juicio, porque me permito reconocer que detrás de toda persona y toda acción hay una historia que está siendo parte de un equilibrio universal y divino que yo no controlo, pero del cual hago parte importante como todo cuanto existe.

Confío en la vida, cuando APRENDO en todo momento, tanto de lo que me gusta como de lo que no me gusta, porque me permito comprender y ver lo que no se ve, porque hacerlo me lleva a mi centro y al equilibrio dentro de un contexto o circunstancia.

La única manera de volver a conectar y conectarnos es desde la frecuencia más elevada: EL AMOR, pero no el “amor romántico”, el “amor positivo” ni el “amor dramático melancólico”. EL AMOR de frecuencia más elevada es el “amor ecuánime, neutral o consciente” el que no juzga, el que nos ayuda hacer polo a tierra, el que transciende, el que integra, incluye, el que está en continuo crecimiento, el que nos permite reconocer nuestro potencial sin sentirnos mejores ni peores que nadie.

Todos tenemos los recursos en nuestro interior para volver a conectar con nuestra coherencia, para volver a confiar en nosotros mismos y en la Vida. Todos podemos hacer ese trabajo de introspección con nosotros mismos, en ocasiones necesitamos ayuda, pero lo más importante es “hacerlo” y “mantenernos hasta conseguirlo” por nuestra propia iniciativa e interés.

La vida vuelve a tener sentido cuando estamos conectados con nosotros mismos.

ELIJO CAMINAR MIS MIEDOS Y VOLAR RECONOCIÉNDOLOS

ELIJO CAMINAR MIS MIEDOS Y VOLAR RECONOCIÉNDOLOS

Honro las diferencias que nos unen y al mismo tiempo las que nos separan porque somos únicos, porque nos enseñan a empatizar y nos ayudan a construir el puente entre la mente y el corazón. El miedo reconocido nos conecta a la coherencia y a la consciencia individual y colectiva por eso elijo caminar mis miedos y volar reconociéndolos.

Cuando genuinamente soy feliz de compartir y entregarme desde lo que soy, estoy aprendiendo a “dar” con empatía equilibrada porque mi felicidad de dar no depende de quien recibe ni de cómo lo recibe sino del simple hecho de dar con sentido propio. Sin pena, lucha, ansiedad ni obligación.

Cuando genuinamente soy feliz de aprobar y abrirme desde lo que soy, estoy aprendiendo a “recibir” con empatía equilibrada porque mi felicidad no es complacer a quien me da sino aceptar con sentido y dignidad lo que recibo. Sin deuda, amenaza, mentira ni exigencia.

Empatía desde el equilibrio porque hay libertad y coherencia al dar y al recibir. Y desde dicha coherencia aprendo a empatizar conmigo y con los demás.

Aprendemos a empatizar o a insensibilizarnos desde que nacemos dependiendo de lo que se potencie en nuestro interior: “fortalezas” o “debilidades”. Si las relaciones, los límites y las condiciones nos ayudan a valorar nuestras fortalezas desarrollaremos empatía equilibrada. Y en el caso contrario, de dar más valor a nuestras debilidades desarrollaremos carencias o excesos que nos llevarán a desconectar con lo que sentimos y/o con lo que sienten los demás, justificándolo con indiferencia o dándole prioridad a lo que subjetivamente es “correcto” o “incorrecto”, poniendo en juego la valía, la dignidad y la sensibilidad en nuestras relaciones.

Cuando NO EMPATIZAMOS CON NOSOTROS MISMOS es porque en algún momento hemos aprendimos que era bueno o placentero “dar” y malo o doloroso “recibir”. Y cuando NO EMPATIZAMOS CON LOS DEMÁS es porque en algún momento hemos aprendimos que era bueno o placentero “recibir” y malo o doloroso “dar”. También existe la posibilidad de DESCONECTARNOS DE EMPATIZAR CON NOSOTROS Y CON LOS DEMÁS porque en algún momento aprendimos que era malo o doloroso tanto “dar” como “recibir” porque no fuimos escuchados, valorados o respetados en ninguna de las dos acciones.

La buena noticia es que el ser humano tiene todos los recursos en su interior para conectar consigo mismo, con los demás y con su entorno, dependerá de lo conectados o desconectados que estén su mente, con su corazón y su cuerpo. Para sanar el corto circuito que nos vuelva a conectar con la coherencia y la consciencia, no servirá de nada la obediencia, los premios ni los castigos porque solo la frecuencia del amor activará el amor propio, la confianza interior y la confianza en la vida.

Por eso mi manera de sentir, así como la tuya y la de cada ser humano son un reflejo de lo conectados que estamos y no de lo obedientes que somos. Pretender corregir o juzgar lo que sentimos o lo que sienten los demás nos aleja de la coherencia a todos. Ante alguien que siente miedo o frío (aplica para cualquier sentir) no tiene coherencia juzgarle o corregirle porque eso no hace desaparecer su sentir, al contrario, al negarlo o resistirnos a su existencia, reforzamos más su sentir porque estamos potenciando su debilidad y no su fortaleza, por nuestra parte estamos alimentando una lucha perdida por la falta de aceptación, entendimiento, empatía y solución con coherencia para todas las partes implicadas.

Todos nos conectamos desde una “frecuencia emocional” que nos lleva a sentirnos peor o mejor, más coherentes o menos coherentes, dependerá de lo conectados que estemos con nosotros mismos. No de lo inteligentes que somos, de la edad que tenemos ni de lo que otros nos quieren enseñar.

ME QUIERO, NO ME QUIERO

Me permito reconocer cuando me quiero y cunado no me quiero
Me quiero, No me quiero…
Cuando confío en mi antes que en los demás, me quiero.
Cuando hago mía la responsabilidad de los demás, no me quiero.
Cuando mi felicidad nace de mi claridad mental y el respeto propio, me quiero.
Cuando me esfuerzo por agradar a los demás, no me quiero.
Cuando digo lo que siento por mi bien y el bien de todos, aunque no guste, me quiero.
Cuando alimento apariencias, obligaciones y deudas, no me quiero.
Cuando me permito decir NO a la manera de vivir que me quita energía y decir SI a la manera de vivir que me renueva o aporta, me quiero.
Cuando retengo emociones, deseos y sueños, no me quiero.
Cuando me importa y atiendo lo que siento, me quiero.
Cuando me obligo a continuar por encima de mis límites, no me quiero.
Cuando me permito parar el tiempo que haga falta, hasta encontrar mi propio sentido, me quiero.
Cuando permito que otros me anulen, me obliguen o sean indiferentes conmigo, no me quiero.
Cuando confío en mi elección y en mi capacidad de aprender cada vez que lo hago, me quiero.
“Me permito reconocer cuando me quiero y cuando no me quiero”

BENDITOS ACUERDOS Y BENDITOS DESACUERDOS

Benditos Acuerdos y Benditos Desacuerdos

He aprendido que los “verdaderos acuerdos”, son viables con quienes encuentro soluciones donde todas las partes ganamos, donde todos nos sentimos respetados y coherentes. Y además coincidimos en enfocarnos y agradecer los resultados que alimentan la honestidad y el progreso al compartir una situación o un espacio. En estos casos, nadie queda en deuda ni en ventaja, nadie pierde ni hay un único responsable. No hay espacio para retener enfado, miedo a hablar ni resentimiento porque hay tal claridad y confianza que en el momento en que surge un imprevisto o aparente “problema”, los intereses son los mismos y todas las partes nos implicamos al máximo por encontrar nuevas soluciones que mantengan la relación en una actitud de gana/gana.

En los casos en que he hecho todo lo posible y no ha sido viable llegar a un verdadero acuerdo con alguien, porque alguna de las partes pierde o sencillamente no puede disfrutarlo, he aprendido a aceptar y respetar sólo en estos casos “los desacuerdos”. Y aunque el propósito es el mismo, que “todas las partes consigamos sentirnos respetados y coherentes” esta vez la gran diferencia es que tengo la certeza de NO compartir una situación o espacio, principalmente porque alguna de las partes pierde y no hay interés en común por encontrar una nueva solución, en estos casos el desacuerdo se convierte en la mejor opción para que todas las partes, mantengan o recuperen su responsabilidad, su dignidad y su estabilidad sin dependencia, sin exigencias, sin deuda, sin obligaciones, sin mentira y sin engaños.

Aprender a respetar los desacuerdos me ha enseñado a recuperar mi sitio y mi paz interior, sin la aprobación ni el reconocimiento de nadie. Cuando NO es viable llegar a un verdadero acuerdo de gana/gana con alguien, el verdadero acuerdo es conmigo misma, porque la sensación de ganancia y confianza sólo la obtengo cuando soy coherente al hacer lo que realmente tiene sentido para mí, no me obligo a enfocarme o dar prioridad a lo que quieren los demás, y tampoco obligo ni juzgo a los demás por tener prioridades diferentes a las mías.

“Son tan necesarios y sanadores los acuerdos como los desacuerdos porque son dos caminos diferentes, pero los dos nos pueden llevar al mismo sitio: al respeto, la confianza y la paz interior. Son dos opciones que podemos usar para facilitar el conflicto y evitar que se estanque, cuando la prioridad es encontrar el equilibrio entre puntos de vista totalmente diferentes”

ANTE LA DIFICULTAD, LA SALIDA ES HACIA DENTRO

ANTE LA DIFICULTAD, LA SALIDA ES HACIA DENTRO. Kinesiologia en Altea. Quiromasaje, Bioingeniería cuántica, masaje metamórfico. Alicante
ANTE LA DIFICULTAD, LA SALIDA ES HACIA DENTRO. Por lo general lo etiquetamos todo: malos y buenos, víctimas y agresores, débiles y fuertes. Creemos que rechazando lo que no nos gusta o lo que nos duele, lo solucionamos, pero realmente sólo nos sirve para compararnos, para sentirnos mejores o peores que los demás, para dar pasos en el mismo lugar, para guardar resentimiento o ambición y en el peor de los casos, para paralizarnos, rendirnos y soltar a otros toda la responsabilidad de lo que nos pasa. Pero en el fondo, todos queremos encontrar la salida y seguir avanzando, hacer lo que realmente queremos, encontrar respuestas y el sentido de estar vivos.

¿Por qué existen las situaciones difíciles y dolorosas?, ¿para qué?, ¿podemos salir bien librados de ellas? Si podemos, la dificultad o los “problemas” nos dan a elegir dos puertas.  Una de las puertas es muy grande y cómoda, es la que nos lleva a conocer el sufrimiento en cualquiera o en todas las facetas, una vez la atravesamos, nos envenenamos y envenenamos a otros y sin ni siquiera darnos cuenta. La otra puerta, es muy pequeña y estrecha, es la que nos lleva al aprendizaje, donde nos encontramos con nosotros mismos y entendemos el sentido que tiene la dificultad en nuestra vida.

Las dos puertas son válidas porque las dos nos permiten avanzar, de maneras diferentes, pero igualmente importantes. Si elegimos la puerta grande caminaremos hacia fuera, a nuestras anchas y posiblemente acompañados, sumando dolor, desarrollando capacidades para defendernos, luchar, rechazar y poner resistencia, enfocados en lo que el otro o los demás tienen que hacer, dejar de hacer o cambiar, preparados para la siguiente experiencia en la misma línea, acostumbrados a que la situación se repita una y otra vez en diferentes medidas y relaciones, nos sentimos cada vez más desconfiados, hechos a justificar juicios, quejas, amenazas y críticas. Si elegimos la puerta pequeña caminaremos hacia dentro, hacia el entendimiento de nosotros mismos, enfocados en ver la herida que tenemos dentro, en lo más profundo, algo que sigue roto o pendiente de limpiar, desarrollando la capacidad de volver a unir e integrar, con la certeza de que al cerrar los temas abiertos en nuestro interior, no volveremos a pasar por lo mismo, porque al bucear dentro y cerrar ciclos, fortalecemos nuestras bases, avivamos nuestras raíces para seguir creciendo a nivel personal y sin ni siquiera darnos cuenta, también crecemos a nivel familiar y social, la sensación al cruzar esta puerta es de agradecimiento y paz interior, porque entendemos el origen de nuestro dolor, y eso nos ayuda a seguir avanzando hacia donde queremos ir, nos permite ver hacia fuera con neutralidad a pesar de que el exterior aparentemente siga siendo el mismo o vaya a peor.

Es humano elegir primero la puerta grande porque es la que nos llevará por cansancio a elegir la puerta pequeña, la definitiva. La puerta grande es EL CAMINO y la puerta pequeña es LA SALIDA.

En la puerta grande las emociones nos superan y en la puerta pequeña las emociones son nuestros guías. Esto explica porque llega un momento en nuestras vidas en donde la dificultad, no deja de existir, pero si deja de ser un camino para convertirse en una salida. Es humano sentir todo tipo de emociones, el problema es perdernos en ellas y dejar de avanzar.

Avanzar es usar la salida, es ir hacia dentro, es volver al origen, al equilibrio, es permitirnos hacer lo que queremos, lo que más nos gusta, sin presionar ni despreciar a los demás porque están eligiendo sus propios caminos y salidas.

Lee también: http://sanati.es/una-mirada-a-nuestra-autoestima

USANDO EL MIEDO A NUESTRO FAVOR

Para soltar el peso sólo tenemos que saltar, usando el miedo a nuestro favor y lanzarnos a un nuevo cambio de consciencia.

Cuando los adultos aún no sabemos gestionar nuestras emociones y además hacemos responsables o culpables a los demás, por lo que sentimos o por lo que nos pasa, es una señal, de que nuestro niño interior o nuestra alma, como lo quieras llamar, tiene miedo, mucho miedo, y se ha convencido de no poder hacer nada al respecto. Pero si podemos, de hecho, es que no tenemos por qué seguir siendo niños eternos ni almas atrapadas en el miedo el resto de nuestras vidas. Existe una salida y se llama “Consciencia”. Si tomamos consciencia de nuestro miedo, se abre automáticamente la puerta que nos deja salir del bloqueo, ese exceso de miedo que nos impide avanzar, ese que no nos permite continuar con el proceso de crecer, y de aprender que tanto la felicidad como la ausencia de ella, no dependen de nadie y mucho menos de quienes amamos, de quienes nos han hecho daño o de lo que hacemos y tenemos. Nuestro crecimiento y nuestra felicidad sólo dependen de nosotros mismos, de volver a activar la capacidad que tenemos de seguir avanzando. Experimentar, Integrar, Aprender, ¡Evolucionar usando el miedo a nuestro favor!

 

Si la vida tuviera muchos caminos y cada camino empezara con una puerta. El miedo sería un paracaídas envuelto en una caja y en papel de regalo al lado de aquellas puertas que nos llevan a caminos muy intensos, similares a una caída o a un salto al vacío. La vida nos reserva un paracaídas exclusivamente para nosotros porque esas puertas específicamente lo requieren. Cuando el paracaídas hace parte del camino, necesitamos aprender a usarlo para poder superar la caída y seguir caminando, incluso más maduros y fortalecidos que antes. Pero mientras no entendamos esto, no actuaremos con confianza ni agradecimiento, todo lo contrario, cada vez que tengamos que abrir una puerta y no veamos el paracaídas con respeto y agradecimiento, viviremos otro tipo de caída, una que no nos deja ver lo bajo que caemos, actuando desde el desprecio, la ignorancia, la infravaloración o el sufrimiento en cualquiera de sus presentaciones como consecuencia, de no dar el paso, de darlo en otra dirección o de darlo sin recursos para superarlo. Y ante esta experiencia se crea una herida o trauma, nos convencemos de que el regalo no es útil, al contrario, aprendemos a verlo como una amenaza o una alarma que nos recuerda y nos hace re-experimentar una pérdida.

 

Así de contradictorio son nuestros miedos, justo aquello que más nos asusta, más nos duele o más nos paraliza, es aquello que mas necesitamos reconocer y valorar, darle su sitio y ocupar nosotros el nuestro para poder avanzar. El miedo en su justa medida nos da alas, nos ayuda a caer para poder levantarnos más fortalecidos, pero cuando no queremos ver ni aceptar el miedo que sentimos, nos quedamos atrapados en nuestra resistencia al miedo, sin darnos cuenta elevamos y aumentamos el poder de asustarnos y no conseguimos atravesar la puerta ni seguir nuestro camino.

 

Cuando abrimos una puerta que nos lleva a lo desconocido o al borde de un precipicio, aparece el miedo para ayudarnos a estar atentos a las señales y a las instrucciones que tenemos que seguir para dar el salto en condiciones. La propia situación que nos genera miedo, nos da todos los recursos, nosotros sólo tenemos que confiar, para poder valorar el regalo, para poder agradecer la experiencia de superación, para poder mantener despierto el interés y el sentido de vivirlo.

 

Una vez usado el paracaídas, tenemos que soltarlo, quitárnoslo de encima con agradecimiento, lo mismo que deberíamos hacer con el miedo, una vez nos ha acompañado en el salto nos despedimos de él, o de lo contrario lo llevaremos encima como una mochila enorme y pesada, que nos agotará hasta paralizarnos y rendirnos. Una vez superado el salto y sin el miedo a cuestas, nos sentiremos libres y tranquilos con nosotros mismos, con los demás y con las situaciones que se nos presenten.  Porque entendemos que somos responsables, dueños y creadores de lo que sentimos y de lo que hacemos, con mucha más confianza para asumir las consecuencias de seguir caminando sin apegos ni resistencias. 

 

Si entendemos que el miedo y todas las emociones son válidas y necesarias, a todas le encontraríamos su función en cada momento del camino. Las emociones que nos generan serenidad, nos confirman que vamos por un camino por el que podemos ver por dónde vamos, sin necesidad de peso ni cargas. Las emociones que nos generan sufrimiento nos confirman que tenemos resistencia a sentir miedo, que vamos por el camino con el paracaídas de mochila y además paralizados o lejos de la puerta de salida, por lo cual, no está mal sentir miedo, lo que nos hace daño realmente es quedarnos en el miedo mucho más tiempo del que necesitamos porque nos olvidamos de seguir caminando, nos quedamos petrificados y corremos el riesgo de perder el sentido y el norte.

 

Mientras más tardemos en saltar, más pesado nos parecerá el paracaídas. Para soltar el peso sólo tenemos que saltar, usar el miedo a nuestro favor, lanzarnos a hacer aquello que tanto tememos y dejarnos llevar por las señales del momento para seguir las instrucciones de vuelo.

Si todos y cada uno de los adultos nos ocupáramos de nuestro miedo y dejáramos a los demás que se ocupen del suyo, todos como humanidad avanzaríamos en el aprendizaje y en los procesos inconclusos, transformaríamos los obstáculos en oportunidades y dejaríamos de acumular emociones que sólo nos llevan a hacernos daño, a hacer daño a otros o a perder la cabeza. La mirada puesta en la salida es lo que nuestro niño herido o nuestra alma perdida necesitan.

 

Usando el miedo a nuestro favor nos lanzaremos a vivir un nuevo cambio de consciencia.

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