CONFIAR: CONECTAR CON COHERENCIA O CON EL CORAZÓN

CONFIAR: CONECTAR CON COHERENCIA O CON EL CORAZÓN… ¿Confío en mí? ¿confió en los demás y en la vida?

Según lo que hayamos interpretado y aprendido de nuestras experiencias y relaciones, principalmente con nuestros cuidadores en nuestra infancia, de mayores seremos adultos que sabremos confiar en nosotros o no, y confiar en los demás o no. En otras palabras, adultos conectados con lo que sentimos, hacemos y decimos (coherentes con nosotros mismos) y conectados con lo que los demás sienten, hacen y dicen (con relaciones coherentes), o no.

Pero siendo adultos podemos tomar consciencia de ello y tomar la responsabilidad por nuestra cuenta para desarrollar esa capacidad que todo ser humano tiene a la hora de aprender. Por ejemplo, de aprender a confiar en sí mismo, a confiar en los demás y a confiar en la vida. Nunca es tarde para hacerlo.

Pero hay un conflicto importante a resolver para conseguirlo, ¿cómo darnos cuenta de que estamos desconectados, si parte de estarlo es no ser consciente de ello? Segundo punto importante, sólo si nos damos cuenta de la ausencia de confianza podremos hacer algo al respecto, es la única manera de no vivir desconectado el resto de la vida. Y hacerlo se llama madurar o responsabilizarnos de nuestro crecimiento para dejar de quejarnos, atacar, defendernos y juzgar todo lo que nos pasa.

Una señal clave que me indica si confío o no en mí misma, es la sensación de LIBERTAD a la hora de hacer y decir lo que siento, con plena satisfacción personal por el beneficio individual y colectivo, sin necesidad de aprobación, de atacar a nadie ni de defenderme de nadie.

Una señal clave que me indica si confío o no en alguien, es la sensación de ACEPTACIÓN a la hora de respetar lo que hace, dice y siente la otra persona, porque me permito aprobar, comprender y recibir de esa persona independientemente si estoy de acuerdo o en desacuerdo con ella.

Y una señal clave que me indica si confío o no en la vida, es la sensación de AGRADECIMIENTO a la hora de vivir lo que me sucede, porque me permito abrirme, comprender y valorar lo que pasa independientemente si estoy disfrutando o aprendiendo.

Parece imposible que yo sepa confiar en los demás sin confiar en mí misma, pero es posible. Al igual que es posible saber confiar en mí misma sin saber confiar en los demás. Y también es posible no saber confiar en mí misma, en los demás ni en la vida.

En cualquiera de los casos, la desconfianza es la desconexión con la coherencia y la única manera de volver a conectar es activando la emoción o frecuencia más elevada: EL AMOR, pero no el “amor romántico”, el “amor positivo” ni el “amor dramático melancólico”. EL AMOR de frecuencia más elevada es el “amor ecuánime, neutral o consciente” el que no juzga, el que hace polo a tierra, el que transciende, el que integra, incluye y el que además está en continuo crecimiento.

Todos tenemos los recursos en nuestro interior para volver a conectar con coherencia, para volver a confiar en nosotros mismos, en los demás y en la Vida. Todos podemos hacer ese trabajo de introspección con nosotros mismos, en ocasiones necesitamos ayuda, pero lo más importante es “hacerlo”, “empezar”, “mantenernos hasta conseguirlo” porque si no lo hacemos por nuestra propia iniciativa e interés, aquellos que más nos quieren y además ven nuestro potencial, aunque nosotros no lo veamos, querrán ayudarnos a despertar ese interés, pero nos sentiremos frustrados, invadidos o presionados y la intención puede parecer contradictoria.

La vida vuelve a tener sentido cuando estamos conectados con nosotros mismos y con los demás. Es justo la desconexión con nosotros y con la vida la que nos lleva a experimentar situaciones de depresión, ansiedad, aislamiento, enfermedad, violencia y sufrimiento. Pero mientras más personas vivamos con confianza, conectadas a nuestro corazón, más posibilidades tenemos todos de volver a conectar con los demás de corazón a corazón. ¡Yo confío en mí y confío en ti! ¿Y tú?

ELIJO CAMINAR MIS MIEDOS Y VOLAR RECONOCIÉNDOLOS

ELIJO CAMINAR MIS MIEDOS Y VOLAR RECONOCIÉNDOLOS

Honro las diferencias que nos unen y al mismo tiempo las que nos separan porque somos únicos, porque nos enseñan a empatizar y nos ayudan a construir el puente entre la mente y el corazón. El miedo reconocido nos conecta a la coherencia y a la consciencia individual y colectiva por eso elijo caminar mis miedos y volar reconociéndolos.

Cuando genuinamente soy feliz de compartir y entregarme desde lo que soy, estoy aprendiendo a “dar” con empatía equilibrada porque mi felicidad de dar no depende de quien recibe ni de cómo lo recibe sino del simple hecho de dar con sentido propio. Sin pena, lucha, ansiedad ni obligación.

Cuando genuinamente soy feliz de aprobar y abrirme desde lo que soy, estoy aprendiendo a “recibir” con empatía equilibrada porque mi felicidad no es complacer a quien me da sino aceptar con sentido y dignidad lo que recibo. Sin deuda, amenaza, mentira ni exigencia.

Empatía desde el equilibrio porque hay libertad y coherencia al dar y al recibir. Y desde dicha coherencia aprendo a empatizar conmigo y con los demás.

Aprendemos a empatizar o a insensibilizarnos desde que nacemos dependiendo de lo que se potencie en nuestro interior: “fortalezas” o “debilidades”. Si las relaciones, los límites y las condiciones nos ayudan a valorar nuestras fortalezas desarrollaremos empatía equilibrada. Y en el caso contrario, de dar más valor a nuestras debilidades desarrollaremos carencias o excesos que nos llevarán a desconectar con lo que sentimos y/o con lo que sienten los demás, justificándolo con indiferencia o dándole prioridad a lo que subjetivamente es “correcto” o “incorrecto”, poniendo en juego la valía, la dignidad y la sensibilidad en nuestras relaciones.

Cuando NO EMPATIZAMOS CON NOSOTROS MISMOS es porque en algún momento hemos aprendimos que era bueno o placentero “dar” y malo o doloroso “recibir”. Y cuando NO EMPATIZAMOS CON LOS DEMÁS es porque en algún momento hemos aprendimos que era bueno o placentero “recibir” y malo o doloroso “dar”. También existe la posibilidad de DESCONECTARNOS DE EMPATIZAR CON NOSOTROS Y CON LOS DEMÁS porque en algún momento aprendimos que era malo o doloroso tanto “dar” como “recibir” porque no fuimos escuchados, valorados o respetados en ninguna de las dos acciones.

La buena noticia es que el ser humano tiene todos los recursos en su interior para conectar consigo mismo, con los demás y con su entorno, dependerá de lo conectados o desconectados que estén su mente, con su corazón y su cuerpo. Para sanar el corto circuito que nos vuelva a conectar con la coherencia y la consciencia, no servirá de nada la obediencia, los premios ni los castigos porque solo la frecuencia del amor activará el amor propio, la confianza interior y la confianza en la vida.

Por eso mi manera de sentir, así como la tuya y la de cada ser humano son un reflejo de lo conectados que estamos y no de lo obedientes que somos. Pretender corregir o juzgar lo que sentimos o lo que sienten los demás nos aleja de la coherencia a todos. Ante alguien que siente miedo o frío (aplica para cualquier sentir) no tiene coherencia juzgarle o corregirle porque eso no hace desaparecer su sentir, al contrario, al negarlo o resistirnos a su existencia, reforzamos más su sentir porque estamos potenciando su debilidad y no su fortaleza, por nuestra parte estamos alimentando una lucha perdida por la falta de aceptación, entendimiento, empatía y solución con coherencia para todas las partes implicadas.

Todos nos conectamos desde una “frecuencia emocional” que nos lleva a sentirnos peor o mejor, más coherentes o menos coherentes, dependerá de lo conectados que estemos con nosotros mismos. No de lo inteligentes que somos, de la edad que tenemos ni de lo que otros nos quieren enseñar.

ME QUIERO, NO ME QUIERO

Me permito reconocer cuando me quiero y cunado no me quiero
Me quiero, No me quiero…
Cuando confío en mi antes que en los demás, me quiero.
Cuando hago mía la responsabilidad de los demás, no me quiero.
Cuando mi felicidad nace de mi claridad mental y el respeto propio, me quiero.
Cuando me esfuerzo por agradar a los demás, no me quiero.
Cuando digo lo que siento por mi bien y el bien de todos, aunque no guste, me quiero.
Cuando alimento apariencias, obligaciones y deudas, no me quiero.
Cuando me permito decir NO a la manera de vivir que me quita energía y decir SI a la manera de vivir que me renueva o aporta, me quiero.
Cuando retengo emociones, deseos y sueños, no me quiero.
Cuando me importa y atiendo lo que siento, me quiero.
Cuando me obligo a continuar por encima de mis límites, no me quiero.
Cuando me permito parar el tiempo que haga falta, hasta encontrar mi propio sentido, me quiero.
Cuando permito que otros me anulen, me obliguen o sean indiferentes conmigo, no me quiero.
Cuando confío en mi elección y en mi capacidad de aprender cada vez que lo hago, me quiero.
“Me permito reconocer cuando me quiero y cuando no me quiero”

BENDITOS ACUERDOS Y BENDITOS DESACUERDOS

Benditos Acuerdos y Benditos Desacuerdos

He aprendido que los “verdaderos acuerdos”, son viables con quienes encuentro soluciones donde todas las partes ganamos, donde todos nos sentimos respetados y coherentes. Y además coincidimos en enfocarnos y agradecer los resultados que alimentan la honestidad y el progreso al compartir una situación o un espacio. En estos casos, nadie queda en deuda ni en ventaja, nadie pierde ni hay un único responsable. No hay espacio para retener enfado, miedo a hablar ni resentimiento porque hay tal claridad y confianza que en el momento en que surge un imprevisto o aparente “problema”, los intereses son los mismos y todas las partes nos implicamos al máximo por encontrar nuevas soluciones que mantengan la relación en una actitud de gana/gana.

En los casos en que he hecho todo lo posible y no ha sido viable llegar a un verdadero acuerdo con alguien, porque alguna de las partes pierde o sencillamente no puede disfrutarlo, he aprendido a aceptar y respetar sólo en estos casos “los desacuerdos”. Y aunque el propósito es el mismo, que “todas las partes consigamos sentirnos respetados y coherentes” esta vez la gran diferencia es que tengo la certeza de NO compartir una situación o espacio, principalmente porque alguna de las partes pierde y no hay interés en común por encontrar una nueva solución, en estos casos el desacuerdo se convierte en la mejor opción para que todas las partes, mantengan o recuperen su responsabilidad, su dignidad y su estabilidad sin dependencia, sin exigencias, sin deuda, sin obligaciones, sin mentira y sin engaños.

Aprender a respetar los desacuerdos me ha enseñado a recuperar mi sitio y mi paz interior, sin la aprobación ni el reconocimiento de nadie. Cuando NO es viable llegar a un verdadero acuerdo de gana/gana con alguien, el verdadero acuerdo es conmigo misma, porque la sensación de ganancia y confianza sólo la obtengo cuando soy coherente al hacer lo que realmente tiene sentido para mí, no me obligo a enfocarme o dar prioridad a lo que quieren los demás, y tampoco obligo ni juzgo a los demás por tener prioridades diferentes a las mías.

“Son tan necesarios y sanadores los acuerdos como los desacuerdos porque son dos caminos diferentes, pero los dos nos pueden llevar al mismo sitio: al respeto, la confianza y la paz interior. Son dos opciones que podemos usar para facilitar el conflicto y evitar que se estanque, cuando la prioridad es encontrar el equilibrio entre puntos de vista totalmente diferentes”

ANTE LA DIFICULTAD, LA SALIDA ES HACIA DENTRO

ANTE LA DIFICULTAD, LA SALIDA ES HACIA DENTRO. Kinesiologia en Altea. Quiromasaje, Bioingeniería cuántica, masaje metamórfico. Alicante
ANTE LA DIFICULTAD, LA SALIDA ES HACIA DENTRO. Por lo general lo etiquetamos todo: malos y buenos, víctimas y agresores, débiles y fuertes. Creemos que rechazando lo que no nos gusta o lo que nos duele, lo solucionamos, pero realmente sólo nos sirve para compararnos, para sentirnos mejores o peores que los demás, para dar pasos en el mismo lugar, para guardar resentimiento o ambición y en el peor de los casos, para paralizarnos, rendirnos y soltar a otros toda la responsabilidad de lo que nos pasa. Pero en el fondo, todos queremos encontrar la salida y seguir avanzando, hacer lo que realmente queremos, encontrar respuestas y el sentido de estar vivos.

¿Por qué existen las situaciones difíciles y dolorosas?, ¿para qué?, ¿podemos salir bien librados de ellas? Si podemos, la dificultad o los “problemas” nos dan a elegir dos puertas.  Una de las puertas es muy grande y cómoda, es la que nos lleva a conocer el sufrimiento en cualquiera o en todas las facetas, una vez la atravesamos, nos envenenamos y envenenamos a otros y sin ni siquiera darnos cuenta. La otra puerta, es muy pequeña y estrecha, es la que nos lleva al aprendizaje, donde nos encontramos con nosotros mismos y entendemos el sentido que tiene la dificultad en nuestra vida.

Las dos puertas son válidas porque las dos nos permiten avanzar, de maneras diferentes, pero igualmente importantes. Si elegimos la puerta grande caminaremos hacia fuera, a nuestras anchas y posiblemente acompañados, sumando dolor, desarrollando capacidades para defendernos, luchar, rechazar y poner resistencia, enfocados en lo que el otro o los demás tienen que hacer, dejar de hacer o cambiar, preparados para la siguiente experiencia en la misma línea, acostumbrados a que la situación se repita una y otra vez en diferentes medidas y relaciones, nos sentimos cada vez más desconfiados, hechos a justificar juicios, quejas, amenazas y críticas. Si elegimos la puerta pequeña caminaremos hacia dentro, hacia el entendimiento de nosotros mismos, enfocados en ver la herida que tenemos dentro, en lo más profundo, algo que sigue roto o pendiente de limpiar, desarrollando la capacidad de volver a unir e integrar, con la certeza de que al cerrar los temas abiertos en nuestro interior, no volveremos a pasar por lo mismo, porque al bucear dentro y cerrar ciclos, fortalecemos nuestras bases, avivamos nuestras raíces para seguir creciendo a nivel personal y sin ni siquiera darnos cuenta, también crecemos a nivel familiar y social, la sensación al cruzar esta puerta es de agradecimiento y paz interior, porque entendemos el origen de nuestro dolor, y eso nos ayuda a seguir avanzando hacia donde queremos ir, nos permite ver hacia fuera con neutralidad a pesar de que el exterior aparentemente siga siendo el mismo o vaya a peor.

Es humano elegir primero la puerta grande porque es la que nos llevará por cansancio a elegir la puerta pequeña, la definitiva. La puerta grande es EL CAMINO y la puerta pequeña es LA SALIDA.

En la puerta grande las emociones nos superan y en la puerta pequeña las emociones son nuestros guías. Esto explica porque llega un momento en nuestras vidas en donde la dificultad, no deja de existir, pero si deja de ser un camino para convertirse en una salida. Es humano sentir todo tipo de emociones, el problema es perdernos en ellas y dejar de avanzar.

Avanzar es usar la salida, es ir hacia dentro, es volver al origen, al equilibrio, es permitirnos hacer lo que queremos, lo que más nos gusta, sin presionar ni despreciar a los demás porque están eligiendo sus propios caminos y salidas.

Lee también: http://sanati.es/una-mirada-a-nuestra-autoestima

USANDO EL MIEDO A NUESTRO FAVOR

Para soltar el peso sólo tenemos que saltar, usando el miedo a nuestro favor y lanzarnos a un nuevo cambio de consciencia.

Cuando los adultos aún no sabemos gestionar nuestras emociones y además hacemos responsables o culpables a los demás, por lo que sentimos o por lo que nos pasa, es una señal, de que nuestro niño interior o nuestra alma, como lo quieras llamar, tiene miedo, mucho miedo, y se ha convencido de no poder hacer nada al respecto. Pero si podemos, de hecho, es que no tenemos por qué seguir siendo niños eternos ni almas atrapadas en el miedo el resto de nuestras vidas. Existe una salida y se llama “Consciencia”. Si tomamos consciencia de nuestro miedo, se abre automáticamente la puerta que nos deja salir del bloqueo, ese exceso de miedo que nos impide avanzar, ese que no nos permite continuar con el proceso de crecer, y de aprender que tanto la felicidad como la ausencia de ella, no dependen de nadie y mucho menos de quienes amamos, de quienes nos han hecho daño o de lo que hacemos y tenemos. Nuestro crecimiento y nuestra felicidad sólo dependen de nosotros mismos, de volver a activar la capacidad que tenemos de seguir avanzando. Experimentar, Integrar, Aprender, ¡Evolucionar usando el miedo a nuestro favor!

 

Si la vida tuviera muchos caminos y cada camino empezara con una puerta. El miedo sería un paracaídas envuelto en una caja y en papel de regalo al lado de aquellas puertas que nos llevan a caminos muy intensos, similares a una caída o a un salto al vacío. La vida nos reserva un paracaídas exclusivamente para nosotros porque esas puertas específicamente lo requieren. Cuando el paracaídas hace parte del camino, necesitamos aprender a usarlo para poder superar la caída y seguir caminando, incluso más maduros y fortalecidos que antes. Pero mientras no entendamos esto, no actuaremos con confianza ni agradecimiento, todo lo contrario, cada vez que tengamos que abrir una puerta y no veamos el paracaídas con respeto y agradecimiento, viviremos otro tipo de caída, una que no nos deja ver lo bajo que caemos, actuando desde el desprecio, la ignorancia, la infravaloración o el sufrimiento en cualquiera de sus presentaciones como consecuencia, de no dar el paso, de darlo en otra dirección o de darlo sin recursos para superarlo. Y ante esta experiencia se crea una herida o trauma, nos convencemos de que el regalo no es útil, al contrario, aprendemos a verlo como una amenaza o una alarma que nos recuerda y nos hace re-experimentar una pérdida.

 

Así de contradictorio son nuestros miedos, justo aquello que más nos asusta, más nos duele o más nos paraliza, es aquello que mas necesitamos reconocer y valorar, darle su sitio y ocupar nosotros el nuestro para poder avanzar. El miedo en su justa medida nos da alas, nos ayuda a caer para poder levantarnos más fortalecidos, pero cuando no queremos ver ni aceptar el miedo que sentimos, nos quedamos atrapados en nuestra resistencia al miedo, sin darnos cuenta elevamos y aumentamos el poder de asustarnos y no conseguimos atravesar la puerta ni seguir nuestro camino.

 

Cuando abrimos una puerta que nos lleva a lo desconocido o al borde de un precipicio, aparece el miedo para ayudarnos a estar atentos a las señales y a las instrucciones que tenemos que seguir para dar el salto en condiciones. La propia situación que nos genera miedo, nos da todos los recursos, nosotros sólo tenemos que confiar, para poder valorar el regalo, para poder agradecer la experiencia de superación, para poder mantener despierto el interés y el sentido de vivirlo.

 

Una vez usado el paracaídas, tenemos que soltarlo, quitárnoslo de encima con agradecimiento, lo mismo que deberíamos hacer con el miedo, una vez nos ha acompañado en el salto nos despedimos de él, o de lo contrario lo llevaremos encima como una mochila enorme y pesada, que nos agotará hasta paralizarnos y rendirnos. Una vez superado el salto y sin el miedo a cuestas, nos sentiremos libres y tranquilos con nosotros mismos, con los demás y con las situaciones que se nos presenten.  Porque entendemos que somos responsables, dueños y creadores de lo que sentimos y de lo que hacemos, con mucha más confianza para asumir las consecuencias de seguir caminando sin apegos ni resistencias. 

 

Si entendemos que el miedo y todas las emociones son válidas y necesarias, a todas le encontraríamos su función en cada momento del camino. Las emociones que nos generan serenidad, nos confirman que vamos por un camino por el que podemos ver por dónde vamos, sin necesidad de peso ni cargas. Las emociones que nos generan sufrimiento nos confirman que tenemos resistencia a sentir miedo, que vamos por el camino con el paracaídas de mochila y además paralizados o lejos de la puerta de salida, por lo cual, no está mal sentir miedo, lo que nos hace daño realmente es quedarnos en el miedo mucho más tiempo del que necesitamos porque nos olvidamos de seguir caminando, nos quedamos petrificados y corremos el riesgo de perder el sentido y el norte.

 

Mientras más tardemos en saltar, más pesado nos parecerá el paracaídas. Para soltar el peso sólo tenemos que saltar, usar el miedo a nuestro favor, lanzarnos a hacer aquello que tanto tememos y dejarnos llevar por las señales del momento para seguir las instrucciones de vuelo.

Si todos y cada uno de los adultos nos ocupáramos de nuestro miedo y dejáramos a los demás que se ocupen del suyo, todos como humanidad avanzaríamos en el aprendizaje y en los procesos inconclusos, transformaríamos los obstáculos en oportunidades y dejaríamos de acumular emociones que sólo nos llevan a hacernos daño, a hacer daño a otros o a perder la cabeza. La mirada puesta en la salida es lo que nuestro niño herido o nuestra alma perdida necesitan.

 

Usando el miedo a nuestro favor nos lanzaremos a vivir un nuevo cambio de consciencia.

AYUDAR O SEMBRAR

Ayudar o Sembrar: El alimento, la energía y la sombra alcanza para todos las partes siempre que se respete el proceso orgánico. Altea, Alicante. kinesiolgía
Ayudar o Sembrar… Cuando caen semillas vivas en tierra preparada, se mantiene y se multiplica la vida, permanece el constante cambio, la transformación, y además del crecimiento y el beneficio individual, también se manifiesta el crecimiento y el beneficio colectivo. El alimento, la energía y la sombra alcanza para todos las partes siempre que se respete el proceso orgánico, pero cuando el ciclo de la vida no se completa, se altera, o se interrumpe, sólo unos pocos se benefician de la ayuda y de la siembra.

Es importante el tipo y el estado de la semilla, tan importante como el de la tierra porque si alguna de las dos partes no es apta o no está preparada, no habrá fruto, aunque haya luz, agua y todos los recursos necesarios.

Si pudiéramos ver la “ayuda” como una “semilla”. Y a la “persona que necesita de otros para su transformación”, como la “tierra en dónde caerá la semilla”, veríamos con mayor perspectiva el “propósito de ayudar y ser ayudado”.

A ningún ser humano nos gusta que nos digan lo que tenemos que hacer, que nos señalen, critiquen o juzguen. Al contrario, nos gusta sentirnos reconocidos, apoyados y valorados. Pero esta teoría no es tan fácil de aplicar cuando actuamos desde la ignorancia del equilibrio de la Vida, de quienes somos, de nuestras capacidades y la de los demás.

En los casos, en que la opción de ayudar nace de emociones positivas y equilibradas como el respeto, la compasión, la libertad, la verdad, la confianza, el entendimiento, el agradecimiento… estamos sembrando semillas vivas, sin el interés de interrumpir el proceso de fotosíntesis y de transformación natural de cada persona. En estos casos, el interés de que todas las partes se vean beneficiadas es parte de nuestro propósito.

En los casos, en que la opción de ayudar nace de emociones negativas y contradictorias como la lucha,  el sacrificio, ,la crítica, la mentira, la pena, la vergüenza, la necesidad, la carencia, la amenaza, la culpa, la violencia… estamos sembrando semillas alteradas o sin vida, sin el interés ni la capacidad de valorar los procesos de todos y de cada una de las partes, al contrario nos sentimos con el derecho de obligar, acelerar, evitar o cambiar a otros a que sean como nosotros, convirtiéndonos en héroes, salvadores o jueces, con el derecho de criticar el equilibrio de los procesos individuales y de poner en duda el equilibrio de la naturaleza y de la creación universal.

Cuando ayudamos a personas que NO nos han pedido ayuda, porque posiblemente no pueden pedirla en ese momento o no están dispuestas a valorar lo que hagamos, y aún así ayudamos, es lo mismo que sembrar en tierra “no preparada” o en tierra “ajena”, invadimos o nos invaden sin darnos cuenta, nos frustramos porque nos hacemos falsas expectativas y porque no conseguimos recoger la cosecha.

Cuando ayudamos a personas que, SI nos la han pedido, y además tienen la capacidad de valorar y asumir las consecuencias de lo que piden, se hacen responsables de los cambios que la ayuda les impulsa a hacer. En estos casos, nuestras semillas han sido sembradas en tierra fértil, preparada para producir y multiplicar los procesos de transformación. Vamos ligeros por la vida, sin las consecuencias de invadir, obligar ni manipular a nadie a ser responsable, tampoco nos sentimos utilizados ni obligados a huir de los demás, porque nos basta y sobra, ser responsables de nosotros mismos y de nuestra propia siembra.

Cuando NO sabemos pedir ayuda o rechazamos la ayuda, se hace pesado, convertimos la vida en una lucha, nos convencemos de que la vida es dura e injusta, nos convencemos de que tenemos que cambiar el mundo, nos volvemos expertos jueces de la siembra de los demás. Pero la Vida es perfecta y nos recuerda que abonar durante la siembra también hace parte importante del proceso de crecer.

¿Cómo podemos ayudar a personas necesitadas que no se dejan ni piden nuestra ayuda? ¿cómo sembrar en tierra no fértil o no apta para sembrar?… Usando nuestra semilla como abono en nuestra propia tierra, en nuestra propia siembra. Ocupándonos y conociéndonos a nosotros mismos, evitamos sembrar nuestras semillas en tierra no preparada y evitando invadir tierra ajena.

Sembrar o abonar en nosotros mismos nos permite ocupar nuestro sitio, cuidarlo y disfrutar de nuestra propia cosecha, sin expectativas, pero con la confianza de que podrá ser compartida con quien quiera y la pueda valorar. No es un acto egoísta, al contrario, es un acto de respeto, de mucho valor y responsabilidad por nuestra parte, de aprender a ver nuestros límites, nuestros procesos, nuestras capacidades y la de los demás.

 

UNA MIRADA A NUESTRA AUTOESTIMA

 podemos confundir autoestima con autolesión, porque ser positivo, trabajador, luchador, perseverante, disciplinado o educado no nos asegura ser una persona consciente… Y desde la inconsciencia podemos dar por hecho muchas cosas, podemos hacernos daños y hacer daño a otros y a veces sin ni siquiera darnos cuenta.
Una mirada a nuestra autoestima

A veces es más fácil sospechar que necesitamos fortalecer nuestra autoestima cuando nos sentimos deprimidos, amargados, avergonzados, mal en algún sentido o menos que otras personas, pero cuando nos sentimos bien, incluso mejor que alguien o más que alguien, podemos confundir autoestima con autolesión, porque ser positivo, trabajador, luchador, perseverante, disciplinado o educado no nos asegura ser una persona consciente… Y desde la inconsciencia podemos dar por hecho muchas cosas, podemos hacernos daños y hacer daño a otros y a veces sin ni siquiera darnos cuenta.

Cuando nos sentimos débiles, vulnerables, limitados o perdidos es más fácil pedir ayuda o incluso recibirla sin pedirla, porque quien nos vea agonizando o en riesgo, nos auxiliará. Pero cuando físicamente somos fuertes, activos y sanos, no nos permitimos parar y mucho menos pedir ayuda ni dejarnos ayudar. Salvar, ayudar y ocuparnos de otros, en ocasiones es una compensación de nuestro dolor y de nuestro desorden interno. Por eso cuando toquemos fondo en algún sentido y nos parezca injusto, cabe aceptar el dolor que sentimos, parar y pedir ayuda porque no es un castigo, no es mala suerte, no es culpa de nadie. Sencillamente, son consecuencias de una autoestima herida, que necesita primeros auxilios.

De hecho, si el camino de la inconsciencia que estamos andando, nos lleva a la lucha donde unos son los malos y otro son los buenos; o nos lleva a la lástima donde unos son los débiles y otros son los fuertes; o nos lleva a ayudar a los demás donde dejamos de respetar nuestros límites para respetar los límites de otros, son señales que nos confirman que nos estamos alejando sin darnos cuenta, de nuestro equilibrio y de nuestra coherencia.

¿Qué está pasando con nuestra autoestima cuando vivimos al límite continuamente, sin tiempo, sin descanso, sin serenidad, sin orden, con la sensación de estar solos, en el aire, sin sentido, en un mundo malo, sin saber que queremos ni que sentimos, sin salida ante la maldad o el sufrimiento? Cuando vivimos en cualquiera de los dos extremos, tanto del control como de la falta de control, es cuando más posibilidades tenemos de sentirnos mejores o peores personas, y cualquiera de las dos posiciones son indicadores de una autoestima fuera de su centro.

En nuestra sociedad actual, es fácil creer que tenemos nuestra autoestima en su sitio, que tenemos razón y los demás no tienen ni idea de lo que es correcto, es muy común criticar, culpar o defendernos, y partiendo de esa distorsión no podemos hacer nada al respecto, pero la vida nos ayuda a darnos cuenta, enviándonos señales continuamente para hacer cambios o parar, y en el caso de no verlas, la intensidad y el volumen van subiendo el grado de dolor, de dificultad y sufrimiento en lo que vivimos en el día a día. Con el fin de sentirnos obligados a recalcular ruta, a reconocer donde estamos, quienes somos, hacer cambios que nos acerquen nuevamente a nuestra coherencia y a recuperar el sentido de vivir. La salida de este camino que parece ciego o ajeno a nosotros, está en nuestro interior, allí guardamos una herida abierta pendiente de sanar, temas pendientes que entender, que están pidiendo a gritos atención, cada vez que nos moleste o nos duela algo que otra persona hace o deja de hacer, es reflejo de nuestra herida que nos está diciendo “aquí estoy, soy la herida de tu alma la que te duele, no es la injusticia o el problema de fuera lo que tanto te molesta y te frustra”.

La seguridad y la fuerza que ponemos en el día a día y en las relaciones con los demás, nos pueden despistar, nos pueden hacer creer que tenemos todo bajo control y que el control es sinónimo de coherencia, pero pretender que unos ganen y otros pierdan es reflejo de la separación que alimentamos entre unos y otros. No nos damos cuenta que el esfuerzo nos aleja de la confianza, que la lucha nos aleja de la serenidad, que la razón nos aleja de la introspección, que la indiferencia nos aleja de la empatía, que la rigidez nos aleja de la tolerancia, y que toda esta tensión, debilita nuestra valía, pone en riesgo nuestra autoestima, no necesariamente en todos los aspectos, pero si en alguna dirección y en alguna medida.

Las heridas del alma no sangran, pero duelen y se infectan si no las atendemos, huelen mal y asustan, pero cuando las ignoramos no podemos hacer nada por nosotros mismos ni nos dejamos ayudar por nadie, preferimos continuar en modo queja, antes que aceptar que necesitamos volver a actuar con coherencia con nosotros mismos. Cualquier obsesión, adicción, actividad o reacción desproporcionada y repetitiva, será un síntoma evidente y una confirmación de lo mucho que necesitamos despertar de nuestra inconsciencia.

Todos queremos sanar nuestras heridas, pero a veces ante las más profundas y las más importantes, nos convencemos que somos incapaces de hacer algo al respecto, y preferimos mirar hacia fuera, sufrir y despreciar a quienes nos hacen recordar (sin darse cuenta) que estamos heridos, que seguimos sufriendo, y si la situación se repite continuamente, precisamente es para dejar de hacer lo mismo y que empecemos hacer cambios desde la responsabilidad de encontrar soluciones donde todos ganemos. Igual que pasa en el caso de las heridas físicas, cambiamos las formas y los medios para evitar volver a caer, y en situaciones graves, solo una ambulancia, una cirugía o la labor de muchos, puede ayudarnos, precisamente porque tenemos que volver a encontrarnos con nosotros mismos y con los demás.

BUCEANDO EN MI INTERIOR Auto-observación o Auto-sabotaje

BUCEANDO EN MI INTERIOR humano Auto-observación o Auto-sabotaje
BUCEANDO EN MI INTERIOR: Auto-observación o Auto-sabotaje

Quiero seguir compartiendo mis experiencias, las que me han servido para conocerme y ser coherente conmigo misma, pero ¿qué es coherencia?… ¿Soy coherente?… Por el momento tengo la certeza y el fruto de ser coherente cuando soy fiel a mí misma, cuando tengo alineado mi pensar, con mi sentir y mi hacer, cuando estoy en el presente, cuando no cabe pasado, futuro, deseo ni miedo, solo la certeza de estar viviendo al máximo cada instante. No tiene nada que ver si tengo más o menos razón, si soy más o menos inteligente, capaz, exitosa, buena o mala. No tiene que ver si soy agradable o desagradable, si me gusta o no lo que hago, si es correcto o no lo que decido, si me entienden o no, si cometo “errores” o no… Pero si tiene que ver, con mi capacidad de re-conocerme, valorarme y aceptar mi punto de partida, mis referencias, mi propósito, el sentido que tiene para mí el momento y la situación, la seguridad en mí misma, la paz interior y la confianza en la vida, son indicadores de que estoy siendo coherente, independientemente de lo placentera o dolorosa que sea la situación.

Puedo reconocer que soy vibración, energía y materia. Tres formas en una me representan como ser humano. Dos de ellas: mis pensamientos y mis emociones son intangibles, pero tan importantes y reales como mi cuerpo físico. Una obra maestra, una criatura divina con la capacidad de olvidar quien es, para experimentar lo que no es, y volver al origen, a lo esencial.

Además de huesos, músculos, órganos, pelo y piel, el ser humano es un canal con la capacidad de conectarse y sintonizar, dependiendo de la frecuencia de su alimento a nivel físico, mental y emocional, conectará con quien se reconozca en algún sentido, con quien necesite intercambiar información para transcender, o con quien comparta la misma calidad frecuencial. El ser humano está hecho de la tecnología más avanzada, aunque no sea consciente de ello o no lo crea.

Cuando hago uso de mis capacidades como ser humano, DECIDO POR MI MISMA: pienso, actúo y me siento responsable de lo que vivo, sin importar el resultado, asumo consecuencias, estoy atenta buscando la mejor salida según cada situación, vivo en paz, con la certeza de estar haciendo lo máximo en cada momento, con la sensación de ser respetable y con la capacidad de respetar todo lo que sea diferente a mí,  sean como sean, me siento con la capacidad de probar lo que sea necesario hasta encontrar la opción más asertiva para todas las partes, con la capacidad de ver el potencial, los dones y talentos en mí y en los demás, de compartirlos y permitir que los demás también lo hagan, cada uno a su ritmo, en su forma y en su momento, fluyo y me adapto a los cambios, a los imprevistos, porque me motiva la sed de encontrar el equilibrio y la ecuanimidad. Me siento con la capacidad de verme en un espejo y contemplar mis luces y mis sombras, con la claridad suficiente para salir del plano personal y ver con neutralidad las reacciones de amabilidad de los demás ante lo que les gusta les asustan.

Cuando no hago uso de mis capacidades, DECIDO POR OBLIGACIÓN O POR COSTUMBRE: pienso, actúo y me siento víctima o verdugo, actúo con culpabilidad o culpo a los demás de mí desdicha, juzgo o me siento juzgada, vivo en constante lucha, con esfuerzo, con miedo, con la sensación de ser mejor o peor que los demás, incapaz de respetar todo aquello que sea diferente a mí, me siento en la posición de defenderme o de defender a los demás, de ganar o de perder, con el derecho de decir a los demás lo que tienen que hacer o de cómo hacerlo. Y mientras lo hago, vivo convencida de estar en lo “correcto”. Vivo con una visión ambivalente de la vida porque pienso una cosa, siento otra, quiero otra y hago otra. Mi mente, mis emociones y mi cuerpo tienen cada uno su propio enfoque, y eso me da la sensación de estar desorientada, cargada o agotada, perdiendo el tiempo, y cualquier extra, cambio o imprevisto me termina de hundir, o de amplificar con mayor claridad el bloqueo o el circulo vicioso en el que me encuentro. En estos casos no es agradable verme en el espejo ni es agradable ver a otros porque la inconsciencia no me permite ser neutral, solo puedo ser reflejo o proyección de las reacciones de los demás, sólo puedo alimentar el cansancio, la frustración y el conflicto conmigo misma y con los demás.

¿Auto- sabotaje o auto-observación?…Auto-sabotaje, es ver mi realidad y defenderla o quejarme de ella, es estar en una posición con perspectiva limitada y no darme cuenta de ello, porque me hace pensar que tengo la razón por encima de todo, no me permite empatizar con quienes son diferentes, no me permite sentirme respetada por miedo a no agradar, a ser rechazada, a estar en peligro, o a ser lastimada, me impulsa a usar la fuerza, la huida, la amenaza, la indiferencia, la resistencia, la lastima, la repetición, la lucha, la separación, el premio, el castigo o la exclusión. En este estado, no me gusta lo que hago, lo que soy o lo que siento, y a pesar de lo desagradable que es, es un estado muy común y frecuente en nuestra sociedad actual. Auto-observación, es cuando veo mi realidad desde fuera de mi, desde un punto fuera de lo personal, sin preferencias, sin juicios, sin ponerlo en la balanza del bien y el mal, sin perder la empatía por quienes me rodean, sin perder el propósito de un avance individual y colectivo, puedo ver y entender desde la apertura, la certeza y la tolerancia, encuentro el sentido en cada momento y en cada situación, me permito expresarme y permito que otros se expresen, puedo integrar diferentes perspectivas, aprender a transcender la “dificultad” en “aprendizaje”, acepto quien soy y me reconozco en lo que siento hago, vivo con infinidad y abundancia la sencillez y la naturaleza del ser humano.

Tengo la certeza de que todos los seres humanos tenemos la capacidad de auto-observarnos y conectar con nuestra consciencia, y para desarrollarla, muy frecuentemente elegimos inconscientemente el auto-sabotaje. Porque todo sirve, todo tiene sentido, todo es un proceso en el camino de la Vida.

LA AVENTURA DE APRENDER A VIVIR

Sanati salud y conciencia. La aventura de aprender a vivir

La aventura de aprender a vivir

La aventura de aprender a vivir.

El sufrimiento llega a nuestra vida cuando necesitamos APRENDER a dejar de ir en contra corriente, cuando nos resistimos al cambio, cuando no podemos entender lo que nos quiere regalar la Vida.

La felicidad llega a nuestra vida cuando ATENDEMOS las señales que nos da la Vida, cuando vamos a favor de la corriente.

Y La Paz interior llega a nuestra vida cuando RECORDAMOS que todos somos la Vida, que todo hace parte de un plan sagrado, que no hace falta nadar a favor ni en contra corriente porque somos la corriente que fluye. Cuando CONFIAMOS y vivimos con consciencia y responsabilidad todo lo bueno o malo, cada instante, el presente.

 

Y todo es necesario: aprender, atender y volver a recordar quienes somos, todo sirve, todo llega y todo pasa. Necesitamos aprender a vernos en todo y en todos, para liberarnos del rechazo, la ignorancia, la lucha, el apego, y dar espacio al agradecimiento y a la compasión por nosotros mismos y por los demás.

 

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